sábado, enero 2

Superación del idealismo y realismo filosófico

La historia de la filosofía parece que se divide en dos grandes bandos, por un lado, los que pertenecen a la escuela realista y, por otro lado, los que pertenecen a la escuela idealista. Tal es la división que el cuadro de Rafael: La escuela de Atenas, proyecta esta realidad por medio de sus protagonistas: Platón figura del idealismo y Aristóteles figura del realismo. Sin embargo, no sólo han sido ellos, sino que, en el transcurso de la reflexión filosófica, esta división no se ha podido superar sino prolongar. Muchos han sido los autores que se han afiliado a tales corrientes, convirtiéndose incluso en paradigmas de las mismas.

Por un lado, los realistas dicen que lo más natural es considerar a las cosas como independientes de la mente, como algo que no se produce sino que está allí; de alguna u otra manera, asumen la realidad. Los idealistas, por el contario, tratan de ir a la realidad sin asumirla, van con más cuidado y no la suponen ingenuamente; además de que la actividad del sujeto es considerada como la más importante. Sin embargo tales consideraciones tienen sus consecuencias. Para los realistas –como diría Ortega y Gasset– el mundo es para afuera, mientras que para los idealistas el mundo es para adentro; y esto afecta no sólo al conocimiento sino a la forma de ver la realidad, y por tanto, a las acciones y actitudes humanas.

Si bien se puede decir que los dos corrientes han traído grandes descubrimientos y, por lo tanto, las dos tienen algo de verdad, Ortega y Gasset propone una superación de las mismas. El tema de nuestro tiempo –para el filósofo español– consistirá en la superación del idealismo y realismo. Si bien el realismo en términos generales trajo consecuencias positivas al enfrentarnos con el mundo e ir hacia afuera, también olvidó enfatizar con mucho mayor fuerza la subjetividad humana y sus procesos internos, mientras que el idealismo moderno tuvo de positivo la enfatización en la intimidad del hombre, pero desgraciadamente encerró al hombre en sí mismo, sustituyendo la realidad por una representación y contenido de la conciencia.

En este sentido el objetivo de este ensayo es dar cuenta de la postura realista e idealista y las actitudes y consecuencias que de ello se derivan, tanto del mundo antiguo como del mundo moderno, para posteriormente descubrir las verdaderas relaciones que existen entre el hombre y el mundo de acuerdo a la teoría de Ortega y Gasset, analizando si de ello resulta una mejor actitud del hombre frente al mundo.

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La filosofía desde el principio trató siempre de buscar el conocimiento del universo en cuanto tal, una tarea que parece suicida y que supone la heroicidad de aquellos que se atrevan a emprenderla –de acuerdo al filósofo español. Tales héroes del conocimiento son conocidos como filósofos, aquellos hombres que no se satisfacen con una mirada parcial de los objetos sino que van más allá de las apariencias. “A las demás ciencias les es dado su objeto, pero la característica de la filosofía es que su objeto no puede ser dado, sino que es lo buscado, el perenemente buscado. La filosofía nunca tendrá este paso tranquilo, la filosofía es puro heoroísmo teorético.[1] De ahí que la filosofía no ofrezca dogmas sino teorías, teorías que pueden ser cambiadas durante el transcurso de la historia. La filosofía no se cansa de buscar porque en su esencia está la inquietud: el ejercicio que no se basta con una respuesta sino que siempre se cuestiona todo, incluso sus mismas certezas; todo en búsqueda de una profundización de la verdad. En este orden de ideas, la teoría del conocimiento es una de las ramas básicas de la filosofía, una de las tantas cosas decisivas en su andar. Ésta busca la manera en que el hombre tiene conocimiento de la realidad, con las cosas que le rodean. El proceso, pues, que supone el diálogo entre el sujeto y el objeto hacia el desvelamiento de la verdad. En la historia de la filosofía el realismo, el idealismo, el empirismo, el racionalismo, entre otros, han sido corrientes importantes de la teoría del conocimiento. Entre las más importantes quizá estén el idealismo y el realismo.

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El pensamiento realista, por su parte, maneja la independencia de los objetos que los considera como extramentales. El hombre –lo menciona el realismo– está en contacto con la realidad; sabe por sentido común que las cosas que él ve son diferentes a su conciencia, descubre que él no las ha creado sino que están fuera de él. El sujeto para conocer la verdad tiene que volcarse sobre el mundo, sobre los objetos. “El vocablo realismo forma familia con las palabras «real» y «realidad» y, como éstas, procede del latín res (cosa). Se designan con él las actitudes que, en distintos planos de la vida humana, subrayan el valor de las cosas por sí mismas, la primacía de lo real, entendiendo por tal lo en-sí, con anterioridad y al margen de la relación -cognoscitiva y operativa del hombre con las cosas. En el ámbito del conocimiento, el realismo consiste en la afirmación de una realidad que existe en sí y que no es, por tanto, simple proyección del sujeto cognoscente. Se trata de actitudes y afirmaciones que son naturales y espontáneas en el espíritu humano.[2] Esto es lo que en general se puede considerar del realismo, por lo que su actitud ante la vida sería una consonancia con la realidad, sería un ser para otro. Las cosas no dependen del pensamiento del hombre. Para Ortega y Gasset lo más natural del hombre es que éste considere la realidad como algo espontáneo y directo. Esto es lo que provoca que el sujeto esté más inclinado a la realidad que a sus consideraciones mentales. Lo que tendría de defecto, sin embargo, es que éste olvida acentuar mucho más la intimidad y conciencia del sujeto, pues de alguna u otra manera asume el mundo de forma ingenua e incluso se podría decir “acrítica”.

El pensamiento idealista moderno, por el contrario, partió de la duda con René Descartes, un escepticismo que cambió el rumbo de la filosofía para siempre en busca de la primera verdad indubitable. “El pienso, luego existo” fue la primera verdad de la que no se pudo dudar y que cambió la forma de ver las cosas. En base a esto, la realidad y los objetos dejaron de ser protagonistas para cederle su puesto al sujeto puesto que: “el pensamiento es la única cosa del universo cuya existencia no se puede negar, porque negar es pensar.”[3] Este primado del sujeto pasó a ser primado de la conciencia, en el darse cuenta de los fenómenos que acontecen en el espíritu. La realidad dejó de fijarse en lo de afuera para fijarse en lo de adentro. Lo que no quiere decir que esto sea malo. Por el contrario se enfatizó en un aspecto importante de la realidad: el hombre. El problema fue que se absolutizó tal realidad y, como se sabe, todo extremo es peligroso. Este pensamiento cartesiano, pues, dejó de lado realidad y todo pasó a ser contenido de la conciencia. El idealismo –diría Ortega y Gasset– fue algo totalmente diferente a la actitud normal del hombre frente a la realidad. “Desde Descartes, en efecto, la filosofía, al dar ya el primer paso, se dirige en dirección opuesta a nuestros hábitos mentales, camina al redropelo de la vida corriente y se aparta de ella con movimiento uniforme acelerado, hasta el punto de que en Lebniz, en Kant, en Fichte o en Hegel llega a ser la filosofía el mundo visto al revés, una magnífica doctrina antinatural que no puede entenderse sin previa iniciación, doctrina de iniciados, sabiduría secreta, esoterismo. El pensamiento se ha tragado el mundo: las cosas se han vuelto meras ideas.[4]

Esta antinaturalismo que menciona Ortega y Gasset del idealismo en verdad transformó la manera de ver el mundo, la postura del hombre frente al cosmos. “En la época precartesiana, la filosofía, y por tanto, el “cogito”, o más bien “cognosco”, estaba subornidano al “esse”, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el “esse” le pareció secundario, mientras que lo principal era el “cogito”. De este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta entonces y, particularmente, para Santo Tomás de Aquino: la filosofía del “esse”. Antes todo se interpretaba desde el prisma del “esse” y desde esta perspectiva se buscaba una explicación a todo.[5] Este cambio del “esse” al “cogito” fue un cambio de la “metafísica del ser” a una “metafísica del pensamiento”, uno de los grandes cambios que se dio con el idealismo moderno.

Este idealismo alcanzó un punto claro en Kant pero sobre todo en Hegel. No obstante en Kant hay una figura muy clarificadora al respecto. Se dice que Kant trajo consigo la “revolución copernicana” de la filosofía. En este sentido es menester recordar la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico la cual menciona que ya no es el sol el que gira alrededor de la tierra sino la tierra la que gira alrededor del sol. En el caso de Emmanuel Kant el sujeto ya no gira alrededor de los objetos (como en el realismo) sino que, por el contrario, los objetos giran alrededor del sujeto. Esta analogía permite conocer hasta qué punto llegó la primacía del sujeto en la modernidad. Claramente lo dice Ortega y Gasset: el mundo antiguo es un ser para otro mientras que el mundo moderno es ser para sí.

Este postulado del conocimiento también se trasladó, desde luego, a una actitud ante la realidad. El idealismo no sólo fue una manera de conocer el mundo o un nuevo descubrimiento en la teoría del conocimiento. En esta línea Descartes –de acuerdo al filósofo español– cortó lo que unía al hombre con el mundo, la realidad; la mente quedó como reclusión y apertura. “Por tanto, que al encontrar el verdadero ser de nuestro yo nos encontramos con que nos hemos quedados solos en el universo, que cada yo es, en su esencia misma, soledad, radical soledad.[6] Lo que recuerda un poema de Antonio Machado y que se deriva de colocar al sujeto como un ser encerrado sobre sí: “Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad: realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja caer los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en “La esencial heterogeneidad del ser”, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno. El encerramiento que provocó el idealismo, quizá de manera consciente o inconsciente, traicionó la naturaleza del hombre pero también la naturaleza del mundo; se hicieron transformaciones de las que ahora se pueden ver las consecuencias porque –como se dice actualmente– se está viviendo una transformación de época.

En efecto la modernidad a través del pensamiento cartesiano puso mucho énfasis en el sujeto, en la conciencia personalidad, sin embargo todo ello trajo consigo aspectos negativos. El sujeto se unió al concepto genio y al poder ilimitado, a la búsqueda de la aventura y la gloria. El hombre se convirtió en cuasi dios. Cambió la estructura totalmente de la realidad. El contacto del hombre con la naturaleza pasó de un proceso inmediato –como en el hombre antiguo– a un proceso mediato con el hombre moderno, en donde la aparición de la maquina, la electrónica, la automación terminó por perder al hombre en su propio encerramiento. Pasó de un individualismo a un aislamiento. El solipsismo fue una consecuencia inevitable. El bienestar más alto, el dominio de la naturaleza no benefició a la realidad sino que, por el contrario, todo el optimismo del progreso moderno provocó que el hombre se diera cuenta de que la misma modernidad se había engañado. La tiranía de la técnica y el abuso del poder fue algo que no se utilizó de manera adecuada y las consecuencias fueron evidentes. Precisamente esto es de lo que habla Romano Guardini en uno de sus famosos textos[7].“Para la Edad Moderna el paradigma del hombre ya no es la semejanza con Dios y el modelo de obediencia con Cristo, sino la gran personalidad, la originalidad que descansa en sí misma y que se presenta como forma humana que se desarrolla por su propia capacidad e iniciativa. El sujeto es, por tanto, algo que se justifica a sí mismo (como la Naturaleza) y debe de ser comprendido desde ese núcleo interno que es la subjetividad, el genio.[8]

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En base a lo anterior se podría ver cómo, tanto el idealismo como el realismo, han afectado las diferentes actitudes que el hombre tiene hacia sí mismo y hacia el mundo. Pensar en cómo conoce el hombre y establecer una teoría al respecto tiene efectos sobre las demás esferas de la filosofía que, desde luego, rebasan las academias de los filósofos. También está sin discutir que todo extremo no revela la verdad. La verdad hay que conquistarla y de antemano se sabe que no es una labor fácil. La verdad es una mujer –como diría Friedrich Nietzsche. Ortega y Gasset menciona al respecto que el “tema de nuestro tiempo” por lo tanto no sería rechazar ninguna de las dos. Eso sería lo más absurdo y en general no habría ningún avance al respecto. Lo mejor sería conocer de una manera adecuada a las dos, entendiendo lo que ofrecen al mundo del conocimiento para así elaborar teorías que las consideren, pero que al mismo tiempo las superen. El idealismo, por su parte, encerró al hombre en sí mismo y ahora hay que ir más allá de ese “yo aislado” porque “el idealismo ha estado a punto de cegar las fuentes de las energías vitales, de aflojar totalmente los resortes del vivir.[9] El idealismo ha sido –como también lo menciona el filósofo español– una desvitalización de la vida, una “representación” y no la “res”. No obstante también el mundo realista ha fallado no dándole más protagonismo al sujeto y volcándose sólo sobre los objetos de una manera ingenua. “El tema de nuestro tiempo” sería entonces que el sujeto vaya hacia el mundo, como lo indican los realistas, pero que al mismo tiempo, conserve el importante énfasis sobre sí mismo que promulgó la modernidad: la conciencia o la intimidad. “Superar el idealismo es la gran tarea intelectual, la alta misión histórica, el tema de nuestro tiempo.[10] En todo caso se trata de ver de diferente forma al mundo: ya no el ser de las cosas como pensaron los antiguos, tampoco el ser del sí mismo que consideraron los modernos, sino ver la vida que es lo que propone Ortega y Gasset.

Ciertamente hablar del ser o de la metafísica es una cuestión radical. Implica todo un sistema, pues dependiendo de la concepción del ser que se tenga es en la misma medida en que va afectar las demás dimensiones que derivan de su estudio, como la teoría del conocimiento o la ética, entre otras. Por eso hablar de ella no es fácil y habrá que hacer su estudio con el sumo cuidado y respeto. En este sentido Ortega y Gasset está convencido que los errores tanto del realismo como del idealismo están basados en una concepción equivocada de la metafísica. La concepción del ser antigua tuvo como característica principal considerar al ser de forma independiente como substancia, estático, como algo que se bastaba a sí mismo: el objeto. Mientras que la filosofía moderna –heredera de la misma tradición– asumió tal metafísica concibiendo al sujeto como lo en sí mismo. “Se trata, pues, nada menos, de invalidar el sentido tradicional del concepto “ser”, y como es éste la raíz misma de la filosofía, una reforma de la idea de ser significa una reforma radical de la filosofía.[11]

Se sabe que desde siempre el sujeto y el objeto han sido parte importante del conocimiento. Sin embargo se le ha dado más prioridad a uno que otro a lo largo de la historia, se ha jerarquizado y quizá ahí esté el error metafísico. El conocimiento no puede existir sin ninguno de los dos. Por su parte, los realistas defenderían el ser de las cosas y los idealistas defenderían el ser en sí mismo del sujeto, siendo así una historia de nunca acabar. Pero si bien es cierto que el idealismo tuvo razón al presentar el aspecto importante de la conciencia y todo lo que éste implica; no obstante es falso –como lo muestran algunos idealistas posteriores– que toda la realidad esté dentro del sujeto, con todas las cualidades que sólo podrían estar fuera del mismo como dirían los realistas. En razón de lo anterior, Ortega y Gasset menciona: “El mundo exterior no existe sin mi pensarlo, pero el mundo exterior no es mi pensamiento, yo no soy teatro ni mundo –soy frente a este teatro, soy con el mundo–, somos el mundo y yo.[12] Entonces no sólo los realistas ni los idealistas tienen razón al manejar sus conceptos, sino que hay que manejar una suerte de justo medio, quizá una analogía porque para Ortega y Gasset el dato radical del universo no es “simplemente el pensamiento existe o yo pensante existo –sino que, si existe el pensamiento, existen, ipso facto, yo que pienso y el mundo en que pienso– y existe el uno con el otro, sin posible separación. Hay un yo o subjetividad y su mundo. No hay el uno sin el otro. El dato radical e insofisticable no es mi existencia, no es yo existo, sino que es mi coexistencia con el mundo.[13] Esto es “el tema de nuestro tiempo”, el intento de superar tales concepciones para llegar quizá a una tesis más adecuada que ayude a solucionar todas las consecuencias que trajo consigo la modernidad y que es parte de todo un proceso histórico.

El intento de Ortega es transformar la visión que el hombre tiene de la metafísica estática para cambiarla por una de correlación. Ni el sujeto ni el mundo son substanciales sino ambos, por eso menciona que toda superación es conservación, en el sentido de que su postura todavía tiene el idealismo y el realismo pero superados. De esta visión surge una categoría que es importante para Ortega la cual es la vida, el vivir de cada cual, porque si para los antiguos –como él mismo sigue diciendo– el ser significa cosa, o para los modernos el ser significa intimidad, para él ser significa vivir. En el vivir es donde el hombre se da cuenta de esta correlación que existe entre el sujeto y el objeto. “De lo que me doy cuenta es de que existen dos cosas distintas, aunque unidas la una a la otra: yo que veo la estrella y la estrella que es vista por mí. Ella necesita de mí, pero yo necesito también de ella. La verdad radical es la coexistencia de mí con el mundo. Existir es primordialmente coexistir –es ver algo que no soy yo, amar yo a otro ser, sufrir yo de las cosas.[14]

El ser en Ortega y Gasset es un ser indigente no suficiente ni basto de sí mismo, porque “ser es necesitar de lo otro”. Pero no una coexistencia paralizada sino una correlación continua que se revela en el vivir de la realidad y del diálogo con ella. Pero ¿qué es la vida? La vida no es una cuestión de academia sino que es el hombre, lo que éste hace y vive. “Resulta, pues, que la primera vista que tomamos sobre la vida en esta pesquisa de su esencia pura que emprendemos es el conjunto de actos y sucesos que la van, por decirlo así, amueblando.[15] Para Ortega primero es el vivir y luego el filosofar, vivir entiendo lo que hacemos: “encontrarse a sí mismo en el mundo y ocupado con las cosas y seres del mundo (…) vivir es encontrarse en un mundo[16]”. “Todo vivir es ocuparse con lo otro que no es uno mismo, todo convivir es con una circunstancia[17] La vida es este sujeto y este objeto, vivirlos, sufrirlos, amarlos. La vida le llega al hombre y él la asume como tarea. Entonces la vida se convierte en problema. “Por lo mismo que es en todo instante un problema, grande o pequeño, que hemos de resolver sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que no es nunca un problema resuelto, sino que, en todo instante, nos sentimos como forzados a elegir entre varias posibilidades.[18]El hombre –como diría el existencialismo de Heidegger– es un ser arrojado a la existencia que tiene que enfrentarla con su libertad; vivir, ser en el mundo, entrar en la angustia de la existencia y de su propio ser frente al vasto universo que se le abre. El hombre se autodetermina y se elige a sí mismo, todo en su vida, en su cotidiano vivir. “La vida pesa porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí mismo.[19] Este peso es lo que constituye parte importante de la vida humana, de la experiencia del vivir que en Ortega es considerado como lo más decisivo. Esta existencia que se vive además carga con el compromiso de la propia vida y de los demás, compromiso que pone al hombre frente a la cuestión temporal, en el presente y el pasado pero sobre todo el futuro. El hombre es un ser en proyecto, que decide continuamente lo que va a hacer. “No es el presente o el pasado lo primero que vivimos, no; la vida es una actividad que se ejecuta hacia adelante y el presente o el pasado se descubre después, en relación con ese futuro. La vida es futurización, es lo que aun no es.[20] Lo que lleva a hablar sobre lo que Ortega define como preocupación (que va mucho más allá de lo psicológico): “vida es preocupación y lo es no sólo en los momentos difíciles sino que lo es siempre y en esencia no es más que eso: preocuparse. En cada instante tenemos que decidir lo que vamos hacer en el siguiente, lo que ocupa nuestra vida. Es, pues, ocuparse por anticipado, es preocuparse.[21]Porque hacer lo que todo el mundo hace es despreocuparse.

Precisamente de estas categorías de vivir es lo que propone Ortega y Gasset como la solución a las divisiones que hay entre el realismo y el idealismo; y a las diferentes actitudes que resultaron de ambas corrientes. No más el ser estático o substancial sino el actuante. “La vida no es un misterio sino todo lo contrario: es lo patente, lo más patente que existe –y de puro serlo, y de puro ser transparente nos cuesta trabajo reparar en ella. La mirada se nos va más allá hacia sabidurías problemáticas y es un esfuerzo detenerla sobre estas inmediatas evidencias.” (…) El mundo es lo vivido como tal. No la naturaleza, o el cosmos de los antiguos como una realidad subsistente.[22]

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Finalmente se puede decir que en este trabajo se vieron dos maneras en las que hombre conoce la realidad y que suponen una metafísica y una visión del hombre ante la misma que, sin embargo, fueron insuficientes para la mirada de Ortega y Gasset. Por un lado, el realismo está más abierto al mundo, pero no tanto a los fenómenos que la modernidad descubrió sobre la intimidad del hombre. Por otro lado, llegó el idealismo con una actitud más desconfiada sobre la realidad en la que Descartes descubrió la primacía del sujeto sobre el mundo a través de la duda. Esto llevó a futuras consecuencias, llegándose a decir incluso que la realidad no era más que mera representación. La verdadera substancia se encontraría en el sujeto. Ante esta perspectiva Ortega y Gasset valoró cada una de las posiciones, sin embargo no las encontró totalmente adecuadas. De ahí que en una suerte de malabarismo filosófico, intentó hacer un cambio radical de la filosofía, transformando la estructura del “ser estático” por una de “correlación”, en donde el sujeto y el objeto serían la substancia. No el uno ni el otro sino ambos. Este merito de Ortega se debe a su inclinación por la vida, la cual sería la categoría metafísica más importante, como el dato radical del universo, en el que no bastan las categorías abstractas de los “metafísicos de academia”, sino una orientación de los “metafísicos de la vida” en la que el sujeto ya no es un “yo aislado” sino dispuesto al mundo: disfrutándolo, amándolo y sufriéndolo; sin olvidar, claro está, la intimidad que heredó del pensamiento moderno. Por ello es que el tema de “nuestro tiempo” para Ortega y Gasset sería superar aquellas corrientes, valorando lo que éstas tuvieron de positivo.

Por tanto esta crisis de la que habla el título de este ensayo es una crisis que busca superar el realismo y el idealismo filosófico para descubrir nuevas opciones, nuevas maneras de ver las cosas, sin traicionar al hombre sino tratando de buscar un mejor mundo que habitar, de ahí que la teoría que propone Ortega ayude a ver de mejor forma la realidad, no encerrándonos ni olvidándonos de nuestro yo sino viviendo porque “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.”



[1] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.34

[3] Ibid. P.85

[4] Ibid. P.89

[5] Juan Pablo II. Memoria e identidad. Ed. Planeta. México, DF. P.20-21

[6] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.92

[7] El ocaso de la era moderna. Un intento de orientación. Ed. Cristiandad. España.

[8] Aguilar Víquez, Fidencio. Mística y política. La necesidad de un nuevo humanismo fincado en una actitud ética y estética. Ed. UPAEP y EDAMEX. México. P.51

[9] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.106

[10] Ibid. P.107

[11] Ibid. P.109

[12] Ibid. P.116

[13] Ibidem.

[14] Ibid. P.122

[15] Ibid. P.127

[16] Ibid. P.128

[17] Ibid. P.129

[18] Ibid. P.130

[19] Ibid. P.131

[20] Ibid. P.132

[21]Ibid. P.147

[22] Ibid. P.136

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lunes, octubre 19

Apuntes de antropología


De acuerdo a Alfonso López Quintás, la antropología de Romano Guardini guarda, en su estructura interna, una dialéctica jerárquica, la cual se despliega en el cosmos o en la realidad. La antropología cristiana de hecho está llamada a conjugar desde sus inicios elementos contrastantes tales como la libertad y la obediencia, la seguridad y el riesgo, el conocimiento y la incertidumbre, la autonomía y la distención, los cuales –si no se toman en cuenta– provocan que la antropología se sostenga en una superflua penetración, pero que sí se toman en cuenta producen el efecto contrario.

En todo caso Romano Guardini fundó una antropología basada en una dialéctica jerárquica. En primer lugar afirma que sólo se pueda hablar de la persona a través de la narración, es decir con una fiel atenencia a los hechos descriptivos, sin eliminar la solidez del razonamiento teórico. Si bien hay diferentes métodos para tratar a los distintos objetos de la realidad, en el caso del hombre sólo se puede hablar de la narración como forma de historia, pues si Dios existe los métodos de las ciencias del espíritu y de la naturaleza no agotan a todo el hombre. “¡Qué inmenso riesgo, experimento, aventura es el hombre!”

En este sentido, el método que utiliza Romano Guardini es un método jerárquico que Alfonso López Quintas describe como: “toda realidad finita logra su momento de plenitud en superar el plano en que se da y ser asumida en uno superior.” Las cosas en lo vital, lo vital en lo animal, lo animal en lo espiritual y lo espiritual en una espiritualidad superior, de manera que el hombre llega a su plenitud a través de Dios. Guardini dice: “El mundo sólo existe plenamente cuando alberga en sí la profundidad del misterio divino. El hombre sólo es cabalmente hombre cuando ha desarrollado su sentido religioso”.

De acuerdo a esta orientación personalista, Romano Guardini vislumbra al hombre y al mundo no deducidos de modo lógico, sino como actos de donación. Las relaciones de la realidad –dice Alfonso López Quintas– si son vistas con debida radicalidad, son más a fines a lo personal que a lo infrapersonal. Esta actitud comprensiva, pues, hace que Guardini sea fiel a la irreductibilidad cualitativa del ser humano, sin perder de vista lo demás. Es decir valora lo particular sin perder de vista el todo. Romano Guardini dice: “mi ser está constituido sobre relaciones expresivas mediante las cuales algo profundo se va expresado en algo más superficial, hasta llegar a lo último, lo más íntimo, que se expresa a sí mismo en todo lo demás.” De esta manera, Guardini subraya la dialéctica del espíritu humano: “a la esencia de la situación humana corresponde que cada valor, por puro y valioso que sea en sí, provoque efectos ambivalentes, en cuanto se adentra a la esfera de la realidad histórica. La salud es plenitud vital y alegría, pero puede hacer al hombre basto e insensible…”

Finalmente, esta estructura "jerárquica-dialéctica" de lo humano tiene como base –de manera analógica– los diferentes ámbitos de la realidad, que son representaciones auxiliares para fijar la doble impresión que produce la misma; a saber, que hay multiplicidad infinita de cosas y a la vez hay unidad, mismo fenómeno que acontece con el hombre.

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miércoles, agosto 12

Cultura y praxis humana, apuntes

Karol Wojtyla orientó su reflexión filosófica hacia el personalismo, principalmente hacia la acción: la praxis del sujeto. De este interés, es paradigmática su obra filosófica más importante Persona y acto. En este sentido, el texto Cultura y praxis humana es punto de referencia, ya que aborda la praxis como constitución de la cultura y de la persona simultáneamente. El texto se encuentra en su libro Mi visión del hombre.

La reflexión de su texto está dividida en tres partes. En la primera parte se centra en lo humano, como eje de la discusión filosófica –que se dio en su tiempo– sobre lo humanum donde hay diferentes voces, entre las cuales destacan la Iglesia y el ateísmo. La idea central de Wojtyla es que el hombre se revela a través de la praxis humana, “el obrar humano nos permite entender el agente de modo más completo.” El acto, pues, revela al hombre, donde éste ocupa una prioridad frente a la praxis.

La segunda parte se centra precisamente sobre la prioridad del hombre en relación con la praxis, entendida ésta como lo “secundario” frente a lo sustancial, es decir, frente al sujeto. No obstante, la praxis es la que ayuda a entender al hombre de manera más plena. Karol Wojtyla, en esta línea, toma los siguientes conceptos tomistas: los actos transitivos e intransitivos, donde el primero se avoca a la producción y a los productos, mientras que el segundo se avoca a la perfección del hombre que crea tal producto.

De esta manera, es preciso resaltar tres prioridades: la metafísica, la epistemológica y la praxeológica. La primera se basa en la acción fundada en el sujeto autónomo. La segunda resalta la prioridad del hombre como algo evidente. Y la tercera proclama la prioridad praxeológica, que perfecciona la teleología intrínseca del sujeto autónomo, además de que al mismo tiempo hace más humano el mundo. Karol Wojtyla, en referencia a esta realidad externa, menciona que cualquier cosa que el hombre haga, ya sea el efecto o el producto, al mismo tiempo éste se produce siempre a sí mismo –si se puede decir así– se expresa a sí mismo, se forma a sí mismo, en algún modo se crea a sí mismo.

De acuerdo a esto, Wojtyla busca hacer una revisión exhaustiva sobre las concepciones modernas de la acción, que hablan de la “transformación o transmutación del mundo” y también de las actividades del hombre: económicas, de producción y de consumo, que lo pueden perder. Karol Wojtyla –cabe mencionarlo– no sataniza lo económico sino que, por el contrario, busca evitar que el hombre sea un epifenómeno de la producción, o sea, un producto porque “sólo una comprensión de la praxis humana rigurosamente definida, hace posible hablar de un constituirse de la cultura a través de la praxis humana”.

En esta línea, Kant es un autor obligado a revisar, ya que afirmó que la persona es anterior a la praxis, principalmente con su segundo imperativo: obra de modo que la persona sea siempre el fin y no el medio de tu actuar. También el Concilio Vaticano II afirmó que el hombre es la única creatura a la que Dios ha querido por sí misma. Ahora bien, esta prioridad y superioridad del hombre se identifica con su índole intransitiva, dado que ocupa un valor más alto que lo transitivo y más esencial pues hace al mundo más humano, con una existencia más adecuada a su naturaleza. Esto no elimina, sin embargo, lo transitivo y su valor. Lo que se busca, en todo caso, es que los procesos transitivos vayan a la par de los procesos intransitivos, para que se constituya la cultura por medio de la praxis humana. Se debe distinguir, no obstante, lo que solamente es condición para que la vida sea tal y lo que decide que la vida del hombre sea verdaderamente tal.

De acuerdo a la prioridad praxeológica, por otro lado, corresponde la distinción que hace Gabriel Marcel entre el ser y el tener, dado que el hombre vale más por lo que es –lo intransitivo– que por lo que tiene –lo transitivo. Karol Wojtyla dice: a través de la praxis humana se constituye la cultura, pero solamente en la medida que a través de ella el hombre es más hombre y no solamente posee más medios. Esto, obviamente, implica desafíos que corresponden a la sociedad y a los hombres, en donde es más preocupante, sin embargo, lo que el hombre es y lo que debe ser (que supone los medios adecuados para una vida digna.)

Como se ha visto, la praxis constituye la cultura y el sujeto se constituye a través de ella, principalmente en lo intransitivo, lo que corresponde más a su ser y naturaleza, pero también en la transformación del mundo, bajo dos condiciones esenciales. La primera: la transformación debe tomar en cuenta la inteligencia del hombre. La segunda: debe ser de acuerdo a un orden objetivo de la naturaleza y del mundo. Entonces, el trabajo y la praxis –entendidas analógicamente- tienen una radiación específica de humanidad hacia el mundo, gracias a la cual las obras culturales se inscriben en la naturaleza y en el mundo. Esto devela –de acuerdo a Wojtyla– que cultura y naturaleza constituyen una unidad orgánica en dos momentos precisos: el primero revela las raíces del hombre en unión con la naturaleza y, en segundo, revela el lugar de encuentro del hombre con el Creador.

No obstante, ante tales relaciones, en la naturaleza y en el mundo existe la esperanza de que la actividad del hombre –esto es: su praxis– irradie humanidad hacia el mundo. En ese sentido, surge la pregunta sobre la esclavitud de la corrupción, que compromete la praxis humana. Habría que preguntarse, por ello, si la explotación de las riquezas del mundo, por ejemplo, manifiesta aquellas características de orden racional y de irradiación de humanidad hacia la naturaleza y el mundo, o si el trabajo no termina en destrucción y dominio.

La última parte del texto se centra en la idea, Cultura: praxis que testimonia la lucha con la necesidad de la muerte. Esta idea nace a partir de los versos del poeta polaco Ciprian Kamil Norwid, que dicen así: Lo bello es tal para hacer fascinante el trabajo/ El trabajo para que se resucite.

El poeta dice: lo bello es tal para hacer fascinante el trabajo, lo que indica otras dimensiones de la praxis. De hecho, al hablar de fascinación y belleza, Wojtyla menciona que éstas son las fuentes eternas de la cultura. De esta manera, habla cómo el cristianismo equilibró entre contemplación y acción, entre la vida activa y la pasiva. “A través de la praxis humana se forma la cultura en tanto en cuanto el hombre no se hace un esclavo del obrar, trabajar, sino que llega a la admiración de la realidad, es decir, en cuanto encuentra en sí mismo el sentido fuerte del cosmos o bien del orden del mundo en su dimensión macro o microcósmica, como punto dominante de su racionalidad”. En estos términos, hace una crítica al utilitarismo, ya que éste reduce la realidad al mundo de las necesidades y de lo útil. Es preciso recordar toda la riqueza –insiste Wojtyla– de la praxis en relación con la verdad, el bien y la belleza pues el carácter desinteresado de éstas condiciona la fascinación, que constituyen la base esencial de la cultura a través de la praxis humana.

Esto hace mención, nuevamente, a la distinción entre lo transitivo y lo intransitivo, donde lo transitivo debe ser un resultado de lo intransitivo, expresada en una desinteresada comunión con la verdad, el bien y la belleza. Esta comunión se convierte, entonces, en fuente de la praxis a través de la cual la humanidad se irradia hacia el mundo, que provoca o despierta a los demás seres humanos, suscitando actos que forman al hombre plenamente. Así, el hombre sobrepasa los límites del utilitarismo y va mucho más allá de lo útil. De manera que, donde falta la capacidad de fascinación y la necesidad social para tal fascinación; en donde todo se reduce al mundo de lo útil, falta la cultura o en todo caso, se encuentra en gran peligro, lo que pone en peligro también la praxis humana, principalmente, en su función fundamental: hacer la vida del hombre más humana. Por tanto, no sólo a través de la praxis humana se forma la cultura, sino que a través de la cultura se constituye la praxis humana, en su carácter auténticamente humano.

El poeta también dice: el trabajo para que se resucite. Este último verso supone el tema de la muerte, que en el caso del hombre no sólo es un hecho o una ley fatídica, sino que posee toda una espiral significativa, referida, principalmente, hacia la inmortalidad. Esta referencia es tomada en cuenta por la cultura, como una realidad profunda e incluso necesaria de la praxis humana, en un nivel de confrontación. El hombre muere continuamente en los productos de su trabajo, en tantos efectos transitivos. El mismo término “transitivo” sugiere el tema de la muerte. Pero no todos los productos transitivos provocan lo efímero o pasajero, sino que hay una cierta jerarquía entre ellos.

En la cultura humana es característico la lucha con la muerte, a nivel de la praxis, ya que en ésta se esconde la fuerza para superar lo que es útil (que una vez usado está destinado a morir). Es precisamente cuando la praxis se orienta a la fuerza desinteresada en comunión con la verdad, el bien y la belleza, cuando genera objetos que no se consumen nunca. “Las improntas que han quedado en la cultura humana no sólo se oponen a la muerte por sí mismas, porque viven e inspiran siempre a los hombres que nacen, sino que parecen además reclamar la inmortalidad, aún más, parecen testimoniar sobre la personal inmortalidad del hombre precisamente sobre la base de lo que en él es intransitivo.” Testimoniándose así el resurgir del hombre en la cultura, en el trabajo y en su praxis, que debe estar orientado hacia un desinterés con los trascendentales para revelarle el verdadero sentido de su condición humana en cada trabajo. Esto último –como lo dice Wojtyla– abre al hombre hacia el horizonte de la fe, en donde todas las cosas (usadas de acuerdo al Espíritu del Señor) serán transfiguradas al final de los tiempos....

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viernes, mayo 1

El arte de la foto: apuntes

La fotografía es un arte que poco a poco se fue introduciendo en mi espíritu de manera quizá accidental y ocasional, sin embargo esencial y cardinal. Fue alrededor de hace dos años que la fotografía sopló en mi vida con un aire fresco y decidido. Tomé la cámara, señalé mi mirada y ejecuté el disparador. De ahí nació un blog, una pasión y un interés por la fotografía. Lo que en un principio fue un hobbie esporádico y ocasional se convirtió en un gusto decisivo. Todo ello provocó en mi interior una explosión de preguntas, dudas e intereses sobre este arte.

Julio Galindo define a la fotografía como un orden dentro del caos. El mundo es devenir, ya lo había dicho Heráclito. “No me puedo bañar dos veces en el mismo río.” Y de ahí que la fotografía se mueva en ese devenir, en la dinámica interactiva de la realidad. No obstante llega la mirada del hombre y la detiene en momentos puntuales. Henri Cartier definió a la fotografía como “the decive moment”, es decir cuando el fotógrafo detiene a la realidad en el momento justo , claro está que de acuerdo a su mirada artísitica. Movimiento y pausa, espontaneidad y precisión, temporalidad e inmortalidad. Heráclito y Parménides.

La fotografía se da en momentos, en instantes, en acontecimientos que ofrece la realidad. La fotografía es una dialéctica, un diálogo entre la mirada del fotógrafo y la realidad, hasta que finalmenre éste la inmortaliza en su aparato fotográfico. “La fotografía se anda, surge de pronto, el sentido aparece.” Objeto y sujeto interactuando constantemente en el arte de la fotografía.

Sin embargo, muchos argumentan que la fotografía distorsiona la realidad porque ésta parte del sujeto y no muestra la realidad tal cual. No obstante me parece que tal afirmación carece de una precisión epistemológica. Ortega y Gasset habló del perspectivismo sin implicar un relativismo gnoseológico. En la fotografía cada quien puede tener su mirada o perspectiva, no obstante éstas parten de lo real. El hecho de que cada individuo tenga su propia mirada o su propia concepción de la realidad no quiere decir “a priori” que distorsione la realidad. Por el contrario, muestra la realidad desde su punto de vista, que es algo muy diferente. Si bien la fotografía puede ser considerada como subjetiva, ésta siempre parte del mundo objetivo. Además, el hecho de tener una perspectiva no implica que ésta se empalme con otras. Más aun: el conjunto de perspectivas hacen más rica la experiencia de lo real. A este propósito, no hay que establecer dicotomías sino diálogos sobre la realidad para enriquecer nuestra experiencia artística del mundo.

to be continued....

Mi photoblog: http://abrahamphotoblog.aminus3.com

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martes, marzo 31

La luna

La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir


Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas

Jaime Sabines
Imagen tomada: http://www.corbis.com

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lunes, febrero 2

Cambio de época, cristianismo y audacia de la razón

Ponencia del doctor Rodrigo Guerra López, en el encuentro del cardenal Bertone con el mundo de la cultura en Querétaro

QUERÉTARO, martes 20 de enero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos la ponencia de Rodrigo Guerra López (rodrigo.guerra@cisav.org), doctor en Filosofía por la Academia Internacional de Filosofía en el Principado de Liechtenstein, director del Centro de Investigación Social Avanzada (www.cisav.org), durante el encuentro que mantuvo este lunes, 19 de enero, el cardenal Tarcisio Bertone, secretario de Estado, con el mundo de la educación y la cultura católica en México. El tema de la ponencia fue: "la realización de la razón en el horizonte de la fe".

* * *


Agradezco mucho la oportunidad que me brinda la Conferencia del Episcopado Mexicano de dirigir unas breves palabras durante este histórico encuentro centrado en una profunda intuición cristiana: "la realización de la razón en el horizonte de la fe".

Nos encontramos en el Teatro de la República, espacio en el que han tenido lugar importantes acontecimientos de nuestra historia nacional, entre los cuales, la promulgación de la Constitución hoy vigente, no es el menor.

Puede resultar extraño al observador desprevenido que un encuentro como este tenga lugar precisamente aquí. La expresión "observador desprevenido" la utilizo deliberadamente. "Desprevenido" es una palabra que indica "no preparado", "no advertido para algo". "Desprevenido" es aquel que queda como sorprendido en el momento en que acontece un hecho que rebasa las premisas desde las cuales está acostumbrado a pensar y a juzgar el mundo.

Tal vez todos somos un poco "observadores desprevenidos" debido a que en México, como en muchas otras partes del mundo, la modernidad ilustrada y sus productos más queridos - como nuestro peculiar liberalismo revolucionario - nos han acostumbrado a creer que el cristianismo no tiene cabida en la vida pública, que la fe no debe tener una expresividad histórica significativa en el presente, que seguir a Jesús es una experiencia de vida privada que habría que domesticar, superar o al menos someter a los límites que el poder en turno le asigne. La modernidad intentó por vías particularmente dolorosas hacer que el pueblo mexicano superara su estadio religioso para avanzar a un aparentemente más emancipado momento científico, democrático y laico.

En el ámbito de la educación todos los aquí presentes conocemos este peculiar clima. Y lo conocemos no sólo porque marcó profundamente al sistema educativo mexicano sino porque también ha trascendido al interior de la experiencia cristiana dando lugar al menos a dos modalidades de cristianismo hoy en crisis.

La primera consiste en ese tipo de cristianismo que tras sufrir persecución se automarginó de la vida pública. Al principio este signo era un elemental gesto de autodefensa, de protección de la propia vida. Sin embargo, más pronto que tarde evolucionó en diversas modalidades de afirmación moralista de la fe, es decir, en creer que para que la gente no se espante, es preciso no anunciar a Jesús sino sólo los valores éticos derivados de El. Una moral cristiana sin Cristo parecía una buena solución para orientar a aquellos que de entrada estaban prevenidos respecto de la experiencia cristiana. Sin embargo, una moral cristiana sin Cristo, dejó pronto de ser cristiana y quedó alineada a los valores de la vida burguesa que privilegian principalmente lo políticamente correcto.

La segunda modalidad de cristianismo en crisis aparentemente reacciona en contra de un proyecto que busca extirpar militantemente la idea de Dios de la vida social. Sin embargo, con gran inconciencia, este tipo de cristianismo privilegia la fuerza, la intolerancia, y en el fondo, una desarticulación de la fe y la razón que hace de la fe un ariete ultraconservador que se lamenta del mundo moderno y que implícitamente invita a construir ghettos de protección que no logran comprender la realidad en la que se encuentra inmerso el hombre de hoy. Este cristianismo, aparentemente ortodoxo, sin embargo, muestra su esterilidad a través de su poca o nula creatividad cultural. Nuevamente, un cristianismo que ha perdido a Cristo al momento de haber perdido a la razón, genera un gran rechazo en las nuevas generaciones, por su falta de acogida, de perdón, de compasión.

Precisamente son las nuevas generaciones de jóvenes las que hoy nos ofrecen en medio de este escenario una perspectiva bien distinta. La crisis de la modernidad ilustrada la vivimos en carne propia los que nacimos antes de 1968. Sin embargo, todos aquellos que nacen después de este año, lentamente comienzan a advertir, aunque no lo digan con términos sofisticados, que tanto la privatización intimista de la fe como la afirmación de la fe de una manera intolerante, no son verdaderos rostros de un Misterio que salve.

Es cierto que muchos jóvenes hoy se alejan del cristianismo. Sin embargo, ese alejamiento no hay que interpretarlo como si fuera igual al que tenía un típico ateo de finales de los años sesenta. Si un joven hoy se siente ajeno a la fe principalmente se debe a que nadie se la anuncia de una manera creíble. No es que en la estructura del corazón humano se haya dado una radical mutación antropológica. El corazón humano posee una tensión constitutiva, un anhelo de plenitud que no se puede saciar con ideas, con conceptos y ni siquiera con valores - por sanos que estos sean -. Lo único que responde a la condición profunda de un joven es el encuentro con un gran amor, con un gran afecto que defina radicalmente la vida y que la reconduzca hacia un horizonte de libertad y no hacia una prisión. Esto no lo puede hacer una abstracción. Esto no lo puede realizar una proyección de nuestra subjetividad alterada. Sólo lo puede hacer una Persona, un acontecimiento, un rostro concreto que me interpele y que me acoja de manera irrestricta, incondicional, absoluta.

Fácilmente estas palabras podrían parecer un mero discurso motivacional o un mero recurso para complacer el oído de los Prelados que hoy nos acompañan. Sin embargo, es precisamente este planteamiento el que desde mi punto de vista se encuentra en el fondo de la renovación de las relaciones entre fe y razón, entre cristianismo y cultura.

En efecto, el nuevo momento epocal en el que nos encontramos inmersos demanda la recuperación del carácter personalista de la experiencia cristiana y de la experiencia humana fundamental, que es verdadera experiencia racional y anhelo de una plenitud que el hombre no se puede dar a sí mismo.

¿A qué nos referimos con esta afirmación? Principalmente queremos indicar que para que una cultura sea auténticamente vitalizada por el cristianismo necesita de hombres y mujeres concretos que tomen en serio su humanidad, que no evadan las preguntas y cuestiones que se suscitan cuando la vida se estremece, en otras palabras, una cultura cristiana nace de ciertas preguntas que es necesario que cada generación vuelva a hacer y que no de ya por resueltas. De esta manera, asumiendo una personalísima responsabilidad, la razón, mi razón tendrá que afrontar esas preguntas que la modernidad ilustrada y la postmodernidad nihilista hacen y tendrá que vivir el riesgo que implica transitar por un camino arduo en el que muchas voces invitan a la desesperanza, a la apatía o al sueño.

Sin embargo, hacerse preguntas no basta. También es preciso re-educar nuestra razón y nuestro afecto para poder eventualmente acoger y aceptar las respuestas cuando estas emerjan. Muchas veces el hombre busca, pero al hallar, desvía la mirada como temiendo que la verdad que se devela vaya a resultar incómoda o comprometedora. Por ello, necesitamos siempre de ayuda de aquellos que ya han encontrado, de aquellos que ya han visto y oído, y que por experiencia saben que la vida no es un absurdo sino que existe verdaderamente, empíricamente, una Presencia que vence al mal y a la muerte de manera real y no meramente metafórica.

Una cultura cristiana, de este modo, no nace por decreto. De nada sirve proclamar un millón de veces que la razón necesita de la fe y que la fe exige razón si no hay personas concretas, historias concretas, que repropongan en una síntesis existencial personal y comunitaria una nueva alianza entre la vida y el Misterio que la explica. Una cultura cristiana nace de un movimiento, es decir, nace de una realidad viva que acompaña y que educa, de una comunidad de discipulado sostenida por la amistad y por el rigor al momento de pensar, al momento de dudar, de hacer preguntas y de encontrar respuestas.

Una cultura cristiana deja de ser una mera afirmación retórica cuando se verifican empíricamente grupos de personas que perseveran con pasión en la búsqueda de la verdad y se acompañan con afecto en ese arriesgado pero importante viaje.

Estimado Cardenal Bertone, en México y en América Latina esto está comenzando a volver a suceder. En los más diversos lugares, en universidades públicas y privadas, muchas de ellas fuertemente marcadas por una cultura secularista que mira con desprecio y vergüenza a la experiencia cristiana, se encuentran brotes de nuevas búsquedas y de nuevos hallazgos. Muchas de estas personas han sufrido en carne propia la intolerancia de los "tolerantes", es decir, el sutil pero agudo flagelo de la marginación y el señalamiento a causa de la fe. Sin sacrificar su razón y sin sacrificar su fe, hacen ciencia, investigan, generan cultura, educan jóvenes y niños y redescubren la alegría que brota de la libertad que proviene de vivir con medios pobres pero llenos de Esperanza.

México y América Latina son lugares de Esperanza y de Esperanza para la razón. No me refiero a la vana esperanza de una apuesta ilusoria que tal vez se llegue a dar. Me refiero a la certeza de un futuro que ya se nos preanuncia en un acontecimiento presente y que está provocando a una nueva generación de académicos a buscar un nuevo protagonismo más racional y razonable, más creativo y menos reactivo. En el fondo, un nuevo protagonismo cristiano que nace del redescubrimiento del cristianismo como acontecimiento.

Recuerdo con gran afecto al Papa Juan Pablo II cuando decía que "a la parresía de la fe debe corresponder la audacia de la razón"[1]. Con esta expresión buscaba subrayar el mutuo servicio que la fe y la razón se prestan al dinamizarse de manera circular. Sin embargo, me parece que el haber usado las palabras parresía y audacia nos deben de obligar a reconocer que también deseaba subrayar que es preciso reaprender a hablar con atrevimiento, es decir, reaprender a decir la verdad con caridad y con valor para que de esta manera, sin caer en las modalidades de cristianismo en crisis de las que hemos hablado, podamos afirmar, aún en los ambientes científicos más exigentes, en los espacios educativos más asépticos, y en lugares como el histórico Teatro de la República que el horizonte de la fe verdaderamente realiza a la razón sin lastimarla.

Eminencia, a nombre de todos los que trabajamos en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV) le agradezco su presencia este día y en este lugar. Hace poco el Papa Benedicto XVI pronunció un mensaje particularmente significativo para nosotros al hablar a un grupo de profesores universitarios: "Queridos amigos, tenéis ante vosotros un camino muy arduo. Ante todo, es necesario promover centros académicos de perfil elevado, en los que la filosofía pueda dialogar con las otras disciplinas (...) favoreciendo nuevas síntesis culturales idóneas para orientar el camino de la sociedad. (...) Confío en que las instituciones académicas católicas estén disponibles a la realización de verdaderos laboratorios culturales"[2].

Le rogamos transmita al Santo Padre que aquí en México, tanto en el CISAV como en otras instituciones a lo largo y ancho de todo el país, un movimiento en este sentido esta operando. Movimiento que encomendamos a su oración para que pueda madurar y extenderse.

¡Muchas gracias!


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[1] Juan Pablo II, Fides et Ratio, n. 48.

[2] Benedicto XVI, Discurso al VI Simposio de Profesores universitarios, 7 de junio de 2008.

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domingo, febrero 1

Philosophia Perennis

Hace unos días celebramos al filósofo Tomás de Aquino, uno de los más granes filósofos de la historia, considerado además como una presencia ineludible en la filosofía cristiana y en la tradición occidental. Pero si bien es indudable que Tomás de Aquino dejó muchas enseñanzas e hizo una enorme labor intelectual –tanto así que su filosofía es considerada como "philosophia perennis"– también es indudable que esta actitud no puede encerrarse en una idolatría sin más.

"Philosophia perennis signfica algo muy distinto: me estoy refiriendo al espíritu del verdadero filosofar que habita en cada verdadero filósofo, es decir, en todo aquel que, movido por una irresistible necesidad interior, rastrea el logos o la ratio del mundo. El que ha nacido filósofo trae consigo al mundo este espíritu como potencia. Esta potencia se actualiza si encuentra un filósofo maduro, un “maestro”. Así nos tendemos la mano más allá de los límites que nos marcan el espacio y tiempo. Así Platón y Aristóteles y san Agustín fueron mis maestros y yo no hubiera podido filosofar de otro modo que en constante diálogo con ellos." Tomás de Aquino, en boca de Edith Stein. ¿Qué es la filosofía?

Esta es una lección importante para todo aquel que se considera filósofo, pues no se trata de encerrarse en una filosofía como si ésta fuera un dogma sin ninguna salida, se trata, por el contrario, de rasterear el logos o la razón del mundo, esto es, la verdad; se trata, a fin de cuentas, de tener el verdadero epíritu de la philosophia perennis. Y esto se logra dialogando con otro saberes en la búsqueda de la verdad. En la época de Tomás de Aquino lo normal y lo indicado –lo políticamente correcto– era ser platónico. Sin embargo, Tomás de Aquino fue aristotélico y, con ello, rompió un paradigma importante, que le costó que sus textos se prohibieran durante un tiempo, hasta que finalmemnte resultó ser uno de los filósofos más representativos del pensamiento cristiano y occidental, y con toda razón.

"El tomismo está vigente en la actualidad. Hay ciertamente muchos elementos que son puestos en crisis, pero hay otros que no sólo son actuales sino urgentes para la filosofía de nuestro tiempo. Pero hay que dar no un tomismo unívoco, de pura conservación; ni tampoco un tomismo equívoco, de mero nombre, que se diluye en las otras doctrinas; sino un tomismo analógico, que a la vez retenga y avance, que profundice en lo propio y dialogue con los demás." Mauricio Beuchot, El compromiso del tomista actual.

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martes, octubre 28

Lebenswelt y cientificismo

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Citas de un artículo sobre Husserl:

Husserl (cf. 1954) argumentó en favor de la Lebenswelt, señalando que la misma no debía omitirse, reducirse o confundirse con el mundo objetivado de la ciencia. Este último concebía sin diferenciar los mundos vital y natural como mera extensión matematizable de objetos regidos determinista y mecánicamente. El mundo objetivado, según Husserl, era un signo claro de cientificismo, positivismo y mecanicismo. Por tanto, apenas estaba configurado para afrontar unos pocos problemas relacionados con la objetividad de sus ideas, y no había lugar, dentro de él, para la realización de la vida humana(cf. Gurwitsch). Para Husserl, el mundo vital, que incluye la conciencia y la subjetividad humanas, se presentaba como correlato del mundo natural. La Lebenswelt no sería un mundo fáctico, abstracto o mecánico; antes bien, es la condición última y necesaria para la vida del hombre y el desarrollo de su cultura.

Luego, el conocimiento científico está anclado, articulado y contextualizado según las formas humanas propias de la Lebenswelt que incluye la dimensión teleológica del vivir. En consecuencia, naturaleza, conciencia, conocimiento y vida se imbricaron en el pensamiento husserliano. En esta perspectiva, la Lebenswelt abarca tres significaciones entrelazadas: i) horizonte vital de posibilidad, ii) base universal de la que surgen deseos, intereses y metas humanos y iii) fundamento necesario de la experiencia para la percepción, juicio, conocimiento y acción.

El método galileano, según la interpretación husserliana, habría recortado, abstraído y matematizado la realidad del mundo natural en pos de lograr la eficiencia de sus resultados. Sin embargo, su generalización y su supremacía aparejaron efectos espurios sobre el sentido y el desarrollo de la vida humana. Las idealizaciones masivas y homogenizantes del cientificismo habrían conducido a traslocar el significado primario de la experiencia humana. Para evitar esta situación, Husserl defendió su tesis fenomenológica: las ciencias se fundamentan en el mundo de la vida. Las interpretaciones positivistas, naturalistas y mecanicistas fueron, a la luz de la Lebenswelt, blanco preferido de la crítica husserliana (cf. Garrison).

Husserl estimó que, debido a la influencia de Galileo, se configuró una imagen de la naturaleza como un mundo cerrado de cuerpos que, junto con su matematización, se habría convertido en un supuesto filosófico aceptado como evidente y que no requería el análisis de sus fuentes, ni de sus fundamentos (cf. Szilasi; Gurwitsch). El método galileano, según la crítica husserliana, habría suprimido al sujeto epistémico como observador ya instalado en el mundo de la vida. Este mundo vital, en las concepciones cientificistas, habría sido excluido por cuestiones metodológicas, a fin de simplificar y reducir lo existente a idealizaciones y ecuaciones matemáticas. En síntesis: la exacerbación y extrapolación del método galileano

Husserl dice sobre Galileo: "Es ahora de la mayor importancia considerar el desplazamiento, consumado ya por Galileo, en virtud de que el mundo matemáticamente cimentado de las idealidades pasó a convertirse en el único mundo real, el mundo efectivamente dado como perceptible, el mundo de la experiencia real y posible; en una palabra:nuestro mundo de vida cotidiano. Este desplazamiento sustitutoriofue heredado bien pronto por sus sucesores, los físicos detodos los siglos subsiguientes." (1954 50)

La ciencia moderna, hegemónicamente regida por el método galileano, habría caído en el “olvido del mundo de la vida” y habría omitido que su fundamentación última se encuentra en la Lebenswelt. De este modo, la ciencia positivista, a pesar de sus logros incuestionables, habría extraviado su camino para justificar, valorar y dar sentido a sus realizaciones efectivas. La subjetividad habría sido depuesta en favor de los objetos idealizados. La idealización, útil para las mediciones y predicciones, habría ocasionado el distanciamiento de aquello que otorga a la ciencia su sino y su destino: la Lebenswelt.

Referencia:
Raúl Alberto Milone, Lebenswelt Husserliana y concepción semántica de las teorías; Universidad Nacional de Cuyo. rm@logos.uncu.edu.ar

Nota: La foto fue tomada por mí.
Checar mi fotoblog.

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miércoles, julio 23

La vida es sueño

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Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!
Apurar, cielo, pretendo,
ya que tratais así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo:
Aunque si nací ya entiendo
que delito he cometido:
bastante causa he tenido
vuestra justicia y rigor
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer).
¿Qué más os pude ofender,
para castigarme más?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Sueña el rico en su riqueza,
qué más cuidado le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Calderón de la Barca

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El viajero y el turista masivo

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Mientras que el viajero es alguien que busca un país a partir muchas veces incluso de toda una serie de ilusiones y sueños previos, busca este país, lo quiere explicar, quiere ir más allá de la superficie, quiere entrar en el matiz y detalle, en las capas del subsuelo. Sabe que tiene que ir penetrando con lentitud, como si fuera sedimentación, en lo que es el conocimiento de ese país. La actitud de lo que podríamos llamar el turista masivo o lumpen turista es el del aprovechamiento rápido del lugar, el de la depredación, coleccionismo fácil y superficial del lugar. En ese sentido creo que hay dos actitudes mentales y espirituales claramente distintas, pero que al manifestarse en nuestra época lo hacen también como un choque en el cual la primera figura, la del viajero, cada vez parece más cercada, rodeada, asfixiada por la segunda figura, que es la del depredador: es un poco la contraposición entre el explorador y el depredador. Eso, a mi modo de ver, no es solo algo que atañe al viaje o al turismo sino que atañe a toda la conducta social de nuestra época en la cual parece continuamente que haya una invitación a esa posesión utilitaria de las cosas, y esta depredación en detrimento de lo que sería la exploración, tanto en el viaje físico como en lo que podríamos denominar viaje interior. Parece que se opta por esa especie de utilización inmediata al modo de rapiña de las cosas. Rafael Argullol.

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jueves, julio 10

La curiosidad mató...de risa

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Estaba de curioso, matando el tiempo e inspeccionando el lugar. De momento, vi el elevador y se me ocurrió subir hasta lo más alto para ver la panorámica. El último piso era el cuarto, así que no iba a ser una gran vista, pero de todos modos subí. Llegué al cuarto piso. Se abrió la puerta y estaba un cuarto oscuro, muy pequeño. Me dio curiosidad y entré, cuando de momento las puertas se cerraron. Todo quedó oscuro, tremendamente oscuro. Me dio miedo. Pero pensé: sólo tengo que apretar el botón y el elevador abrirá de nuevo sus puertas. Entonces, al buscar el botón con la luz de mi celular, me llevé la sorpresa de que el botón no funcionaba. Lo apretaba y lo apretaba y no había ninguna respuesta ¡Estaba encerrado en un cuarto oscuro muy pequeño!

Pensé que sería diferente, pero mis sentimientos eran algo extraños. Me sentía un poco temeroso, pero al mismo tiempo muy divertido. También un sentimiento de torpeza y novedad. Por un lado, me gustó estar encerrado y vivenciar esto, pero por el otro me dio un poco de miedo y también de vergüenza y de enojo pues ¿por qué el hotel –que se supone que es muy bueno y caro– tiene este tipo de pisos para absolutamente nada, en donde la gente, además, se puede quedar encerrada, como yo?

En fin, llamé a mi padre, pero no me contestó. Entonces le mandé un mensaje pero tampoco me respondió. Llamé a mi hermano –aunque estaba en el cine– y se rió; sin embargo, buscó ayudarme. Mientras llegaba la ayuda, saqué mi libro para leer un rato; lo iluminé con mi palm. Lo paradójico: era un libro del Dalai Lama que hablaba sobre la comprensión, y el método para saber conducir la ira y el enojo. La verdad: no estaba muy enojado o iracundo, pero la coincidencia me pareció graciosa.

Pasaron 30 minutos y mi papá, por fin, terminó su reunión. Entonces me llamó y me dijo: vi tus llamadas pero no pude hacer nada. Le dije: sube al cuarto piso para que la puerta del elevador se abra. Llegó mi papá y se hizo la luz. Y a mí, me pareció bien...

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La oración del ateo

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Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
sin consuelo de engaño. No resistes

a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes.
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
más recuerdo las plácidas consejas
con que mi alma endulzóme noches tristes.

¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
la realidad por mucho que se expande

para abarcarte. Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
existiría yo también de veras.

Miguel de Unamuno

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miércoles, junio 18

Historia de una filosofía: el personalismo

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El personalismo no es un nombre extraño o ajeno, por el contrario es un nombre común y familiar en el mundo filosófico. Sin embargo ¿cuándo nació el personalismo? ¿Bajo qué circunstancias y condiciones se vislumbró este proyecto? El personalismo nació en una circunstancia histórica especial y decisiva, que requirió de una suerte de condiciones y propuestas para que éste se presentara al mundo de las ideas. Sin embargo no lo hizo de una manera tradicional ya que el personalismo entiende a la filosofía “como un medio de interacción con la realidad[1] y no sólo como una tarea académica. El personalismo hace filosofía a través de la experiencia del hombre y sus dimensiones, con una aplicación a la realidad y una respuesta a los problemas que surgen en el mundo.

No obstante aquello, el personalismo no es fácil de clarificar en toda su estructura, pues no tiene un pensador paradigmático como las demás filosofías, sino varios pensadores que, ante los problemas del mundo, proponen sus soluciones e ideas. Esto no supone, desde luego, que el personalismo sea un desorden filosófico sin más, sino que implica una corriente de pensamiento compartida con algunas diferencias[2]. Este pequeño trabajo intenta, en este sentido, hacer una revisión histórica de los orígenes del personalismo, para entender las razones de su existencia.

La época en que nació el personalismo estuvo marcada por distintos contextos filosóficos e históricos. El cientificismo y positivismo es uno de ellos. En aquella época el método experimental gozaba de mucho éxito pues los logros experimentales demostraban una certeza apodíctica, convirtiéndose en un paradigma para el saber y el pensar. Mucho más, cuando las ciencias humanas mostraban cierto oscurecimiento y vaguedad en sus planteamientos, principalmente con las posturas idealistas, además de las interminables discusiones de los filósofos que no llegaban a puntos comunes.

Todo esto llevó a pensar que el método científico era el método, e incluso se llegó a pensar –reductivamente– que las únicas dimensiones del hombre eran las materiales y las físicas, siendo así que las demás realidades –esenciales al sujeto– eran ficiticias, mitos e inventos de la razón. En esta línea, se ubicó el pensamiento evolucionista que consideró al hombre como un mero entramado de contenidos químicos y físicos, dejando de lado las capacidades espirituales del mismo, lo que trajo también una mala valoración de la religión, considerándola como algo para la masa ignorante, una justificación de la realidad vacía de fundamento frente a los resultados científicos. Todo lo anterior, estaba muy relacionado con la teoría de Augusto Comte sobre los tres estadios: el religioso, el metafísico, y el científico, éste último el realmente válido.

La parte intelectual también se vio duramente afectada ya que las ciencias del espíritu quedaron infravaloradas; mientras que las ciencias experimentales, en cambio, quedaron supervaloradas, de manera que la lógica tuvo un gran auge –principalmente con el círculo de Viena, con la lógica positivista.

Una mujer que vivió esta situación–de acuerdo a Juan Manuel Burgos– fue la esposa de Jacques Maritain: Raïssa Maritain. Esto se encuentra en la famosa búsqueda que ambos tuvieron para una explicación global de la realidad. “O es posible la justificación del mundo y en ese caso no podía darse sin un conocimiento que llevase a la verdad, o bien la vida no valía un instante de atención más[3]”. Tanto Jacques como su esposa deseaban encontrar una respuesta que llenara sus anhelos más profundos, que ambos no encontraban en el cientificismo y positivismo operante. “Los jóvenes salían de sus estudios filosóficos instruidos e inteligentes, pero sin confianza en las ideas si no era como instrumento de retórica y perfectamente desarmados para las luchas del espíritu y para los conflictos del mundo.[4] De manera que tanto el positivismo como el cientificismo fueron parte del ambiente en el que se vislumbró el personalismo; era necesario superar los meros datos de las verdades científicas y pragmáticas, sin mostrar escepticismo ante las realidades humanas y espirituales de la persona.

Un segundo momento histórico que provocó el personalismo fue el capitalismo que se originó a partir de la Revolución Industrial, ayudado del enorme avance de la ciencia y de la técnica. Esto explosión industrial –por así llamarla– tuvo un éxito impresionante y un devenir enorme. Tanto es así que originó fuertes consecuencias sociales: emigraciones a las urbes, mucha pobreza, injusticias sociales, extremos económicos, etc. Pues este ambiente –a pesar de sus ventajas– produjo muchas consecuencias, principalmente a los obreros que trabajaban para la gente ambiciosa, pues ésta sólo buscaba el bienestar de sus empresas, no importando la dignidad de sus trabajadores. Este capitalismo entonces dio lugar a la formación de un individualismo exacerbado y a la clase burguesa que defendían, sobre todo, la libertad y la propiedad privada. El capitalismo –como bien lo dice Juan Manuel Burgos– era y es paradójico pues a pesar de su individualismo dejaba de lado a la persona concreta y a la solidaridad grupal.

Un tercer momento fue el marxismo que se originó como una respuesta ante el individualismo y el capitalismo. Karl Marx –que era un gran sociólogo– decía que la solución a los problemas sociales era el enfrentamiento contra el opresor a través de la lucha de clases. Esta lucha de clases llevaría –de acuerdo a la filosofía marxista– al paraíso comunista o al comunismo, que se veía incluso como una mística o religión. Esto no suponía, sin embargo, que el marxismo fuera malo “a priori” sino que, por el contrario, tenía una enorme importancia para la sociedad. En efecto, el éxito del marxismo se entiende, precisamente, porque intentó hacer más justo al mundo en la situación decadente en la que se encontraba. “La fuerza de este movimiento dependió mucho de su gran eficacia y capacidad operativa”[5]. Más aún: el marxismo no sólo tuvo éxito en la sociedad, sino en el mundo intelectual también. La filosofía no debía comprender el mundo sino transformarlo, decía Marx. Esta importancia de la praxis, entonces, atrajo a muchos pensadores para que trascendieran a una reflexión más profunda sobre la transformación de la sociedad. Desgraciadamente Marx se quedó con una visión parcial de la realidad y del hombre, pues tenía una visión radicalmente atea y materialista de la vida. El marxismo, además, también fue indiferente a la persona, dado que lo único que importaba era la humanidad, a la que se subordinaba todo, incluso la persona.

Un cuarto momento fueron los totalitarismos y su raíz hegeliana, desarrollados en siglo XX con el nazismo y el fascismo. El nazismo pregonaba la supremacía de la raza aria sobre las demás, sintiéndose con el derecho de dominar sobre ellos. El valor supremo era la nación y la raza. ¿Y el dónde quedaba el individuo? El individuo era una maquinaria más dentro del sistema. Tan fuerte era el dominio, que incluso la moral estaba determinada por los intereses del partido. En este tenor, había una relación entre nazismo y marxismo, ya que éste último consideró a la revolución y al partido comunista como esenciales.

Por otro lado, ambos compartían el origen teórico en Hegel, uno de los más grandes idealistas alemanes, el cual consideraba a la historia como un desarrollo dialéctico del espíritu absoluto que se iba concretando en formas específicas: los individuos, que no eran más que un momento o instante, mientras que el espíritu absoluto, en cambio, era el que permanecía para siempre. Por ello se consideró a Hegel como la base teórica de los totalitarismos. En todo caso el individuo no era más que una pieza, una entidad pasajera frente al servicio de algo más grande, para que éste encontrara su justificación y sentido: “revolución en el caso del marxismo, imperio de la raza aria en el nazismo[6]

Un quinto momento fue el retroceso de la cultura cristiana, que hace referencia a que ésta no se encontraba a la altura de los tiempos que –Juan Manuel Burgos– llama “la pérdida de iniciativa”. En efecto, los cristianos ya no creaban los paradigmas como antes ocurría, sino que estos eran creados por otros. El cristiano ahora combatía, modificaba o reconstruía. Un ejemplo arquetípico al respecto, es el arte que antes estaba totalmente enfocado hacia lo religioso, mientas que en la posmodernidad, en cambio, está totalmente alejado de ello. Entonces surgía la pregunta: ¿Cómo compaginar cultura moderna y catolicismo? Juan Manuel Burgos dice que León XIII intentó, en su famosa Encíclica Aeterni Patris, dar una respuesta a este momento histórico. Su respuesta fue un retorno a los clásicos, especialmente a Tomás de Aquino ya que su estudio no era muy frecuente o era a través de los comentaristas, lo que hacía perder el valor de la filosofía tomista como tal, pues sin su estudio pleno no se dio la oportunidad de afrontar los retos de la modernidad. No obstante, el llamamiento de León XII no tuvo mucho éxito, pero sí abrió la posibilidad del neotomismo con Gilson, Maritain y Cornelio Fabro.

En efecto, después de haber revisado estos momentos históricos, se puede decir que en el siglo XX se dan dos grandes movimientos que marcarán no sólo teóricamente sino también prácticamente la vida occidental: el individualismo liberal y los totalitarismos. Estos movimientos, pues, sellaron una importante tensión dentro de la vida europea, enmarcada –de acuerdo a Juan Manuel Burgos– en una crisis intelectual y en una trémula situación internacional.

La primera quedó marcada por una cerrazón a la trascendencia y a las premisas culturales de origen cristiano y la segunda se vio marcada por los sucesos trágicos de las guerras mundiales. Por tanto, fue comprensible que varios pensadores, ante estos difíciles momentos, respondieran con una postura intelectual sólida y nueva. “Esta respuesta… debía tener una carga de novedad, sin rechazar el legado tradicional. Había que recoger de la modernidad todos los elementos positivos que fuera posible encontrar y proponer un nuevo proyecto cultural…capaz de abrirse de nuevo en la vorágine de la cultura europea.[7]


La respuesta, además, no debía olvidar el importante link con la realidad y la vida práctica. La sociedad necesitaba de respuestas prácticas que estuvieran sustentadas en una estructura teórica. Entonces, entre el liberalismo capitalista y el colectivismo totalitario se fraguó el personalismo, la alternativa genuina según Martín Buber.

Ciertamente la noción de persona era antigua, pero “tomar la experiencia de ser persona y de encontrarse con otras personas como punto de partida del pensamiento filosófico era un camino nuevo que todavía no se había recorrido[8]”.

[1] Burgos, Juan Manuel. El personalismo. Ed. Palabra. Madrid. 11pp
[2] Emmanuel Mounier decía que no había sólo un personalismo sino varios.
[3] Ibid. 15pp
[4] Ibid. 16pp
[5] Ibid. 19pp
[6] Ibid. 23pp
[7] Ibid. 25pp
[8] Ibid. 26pp

Nota: La primera foto fue tomada por mí.

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jueves, mayo 29

México II

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El domingo despertamos muy temprano con la intención de ir a ver la exposición de fotos: Ashes and snow de Gregory Colbert. Llegamos al zócalo de la ciudad de México aproximadamente como a las 8:30am; sin embargo ya había fila y mucha gente. No hubo otra opción: nos formamos lo más rápido posible y avanzamos durante más una hora hasta llegar a la entrada.

El lugar estaba muy oscuro con luces de tinte café. El problema, para la contemplación artística, era que entrabamos casi como 100 personas a la vez, y no se disfrutaba de las fotos que estaban impresas en lonas medianas, que al principio no parecían sino cuadros, pero no fotografías.

Al ir caminando descubrimos el esplendor de su belleza y la nostalgia por un mundo perfecto y armonioso. Un mundo de perfecta simbiosis entre el hombre y la naturaleza. El animal no es una bestia salvaje o un depredador. Las fotos muestran el ideal romántico: la perfección y la bondad de la naturaleza.

Fotografías hermosas que suponen todo un trabajo artístico y toda una inspiración metafísica. Al final del pasillo estaban los videos de las fotos, que eran una huella del trabajo real y no del fotomontaje. Los videos eran hermosos, tenían pausas y momentos espectaculares, con movimientos bien medidos, y la música era tan adecuada, que maravilló a todos los presentes por tan espectacular momento.

Salimos de la sala, después de haber visto varias fotos. Pero antes estaba la tienda de los recuerdos. ¡Se supone que no cobraban la entrada! Sin embargo, toda la gente compraba por lo menos una postal de 10 pesos ¡Toda una estrategia mercadológica!

Salimos y estaba la Convención Nacional Democrática gritando: “servir a Andrés Manuel es todo un honor.” Había muchísima gente, abuelos, señores y señoras, niños y niñas gritando y esperando a su caudillo y líder. Los vendedores, por su lado, ofrecían fotos con diferentes poses y movimientos fotográficos de Andrés Manuel López Obrador, las ofrecían como si fuera un santo, un héroe de la sociedad mexicana.

Avanzamos –apenas y podíamos; y mucha gente no sabía lo que hacía ahí. Eso sí: había gente que gritaba y anhelaba la llegada de su líder y legítimo presidente. Muy respetable.

Mi opinión al respecto: la lucha deber ser por México y por su verdadero destino, por su bienestar y progreso.

Entramos a la estación Centro Histórico para dirigirnos hacia el Centro Cultural Telmex. Llegamos y compramos los boletos para ir a ver La Bella y la Bestia, que era la razón capital por la cual decidimos ir a México.

Esperamos un momento –casi 1 hora– ya que llegamos muy temprano. Fuimos al parque, preguntado la ubicación de la Universidad de las Américas Puebla que curiosamente se encontraba localizada en la calle Puebla. Sin embargo, ésta estaba muy lejos para ir y regresar. Entonces, nos quedamos en el parque para leer y pasar el tiempo, que se fue volando.

Llegamos al Centro Cultural Telmex; pero antes esperamos a la amiga de mi hermano, experta en varias cuestiones artísticas. Llegó la amiga. La primera llamada hizo su aviso y entramos al teatro. Llegó por fin la tercera llamada y la función empezó.

La obra inició fulgurosamente; el escenario se veía excelente, la actuación, los musicales, las luces ¡todo era magnífico!

Reverberan en mi corazón muchísimos sentimientos. No sabría describirlos. Fue una dosis muy fuerte de belleza. No aguantaba tanta belleza, como dice un personaje de American Beauty.

Cada escena y cada musical era algo bello. La actuación era muy buena, salvo por la Bestia que –desde mi perspectiva– le faltaba mucho más fuerza y rigidez en el escenario; pues necesitaba actuar como una verdadera bestia castigada por su orgullo y egoísmo.

Uno de los musicales que más me gustó –sin embargo, aunque todos eran bellísimos– fue cuando Bella bajó a cenar y bailó con varios instrumentos de la casa. Fue un musical bellísimo, muy completo, muy impresionante. Incluso mucho mejor que en la película.

Salimos del Teatro emocionados, con nuestros espíritus cultivados y llenos de emoción; purificados de nuestras pasiones como diría Aristóteles.

Era tarde y ya estábamos cansados, entonces decidimos ir a la TAPO, para regresar a Puebla. Llegamos a la estación de autobuses y comimos unos tacos antes de partir.

La ciudad de Puebla nos dio la bienvenida, y llegamos a casa a dormir, no sin antes contar nuestra experiencia a la familia y mostrar las cosas que habíamos comprado.

Al día siguiente había escuela, y yo tenía un exámen.

Nota: Las fotos fueron tomadas por mí.

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martes, abril 22

México

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La universidad y otros compromisos han absorbido mi tiempo. No obstante, es preciso que escriba de nuevo. Es una necesidad exigida por mi inteligencia cárnica, una suerte de deshago permanente. Contaré mi experiencia en México sucedida hace unas semanas.

En un principio no teníamos claro los lugares que íbamos a visitar, pero teníamos ciertas ansías por estar ahí que siempre supone algo nuevo, toda una aventura. Así que como dice la canción nos fuimos al sábado distrito federal. Nos subimos al camión, aproximadamente a las 8:30, no sin antes comer una torta -queríamos una guajolota (torta de tamal)- pero no había. Así que comimos una rica cemita poblana de milanesa con rico queso y chipotles. Subimos al camión pero todavía no había planes precisos, íbamos a la deriva, a la suerte del destino y los acontecimientos.

El camión no iba lleno, aunque cada 10 minutos salía uno. Nos sentamos y pasaron la película "El tigre y la Nieve" de Roberto Benigni, el mismo actor de "La Vida es Bella". Por cierto, casi de la misma trama. Una película muy bella que vale la pena verla: deja sentimientos de poesía y de esperanza, de idealidad metafísica. Terminamos de verla justo a tiempo, bajamos a la Tapo -central de autobuses de la ciudad de México- y fuimos al centro de información para turistas. Preguntamos sobre los eventos culturales.

-¿Son de Puebla? -dijo la señorita-
-¿Por qué, ehhhh? ¿Se notaaaaa? -dijo mi hermano-
-Sí, un poco.

Entonces decidimos ir al centro histórico vía metro, que implica todo un riesgo multicultural, sociológico e histórico. Es una experiencia maravillosa.

Entramos a la estación. La gente caminaba y caminaba... todo un abanico de rostros: tristes, preocupados, indiferentes, apurados, izquierdosos, anarquistas, burgueses, emos y más emos. Definitivamente, una foto adecuada de la situación cultural y multicultural en México. Un reflejo de la sociedad, de los problemas políticos, sociales, familiares e históricos. Un lugar turístico, sin duda y peligroso también.

Salimos del metro en la estación Centro Histórico. Queríamos visitar la presentación "Ashes and snow de Gregory Colbert", el cual goza de grandes fotos con animales sugestivos y simbólicos, en las relaciones del hombre con la naturaleza. La fila, sin embargo, era infinita. Todo era un movimiento perpetuo, peor que el metro, y ya es mucho decir. Las esperanzas, entonces, decayeron. Empezaba, además, la tortura del sol.

Decidimos ir, entonces, a lo más cercano. Palacio Nacional fue la mejor opción. De lo más destacado, cabe precisarlo, son los murales de Diego Rivera que en el plano estético son algo muy valioso, mucho más cuando son históricos; huellas de una época y por tanto de una interpretación histórica....También visitamos el Parlamento Antiguo en el que todavía se escuchan las voces de la infertilidad ideológica, de las malas y buenas decisiones, de los comentarios sutiles. Salimos de Palacio Nacional.

Insistí a mi hermano: quiero ir a Catedral, hace años que no la visito. Llegamos al atrio.

Un suceso extraño: había señoras en una gran fila esperando a alguien. Mi hermano -como un extranjero con cara de what- le preguntó a una pietista, casi farisea:

-¿Qué hubo? ¿a quién esperan?

La señora se nos quedó viendo con cara de: es obvio, lanzando una mirada sospechosa.

-Estamos esperando al cardenal que se murió -nos dijo otra señora, atendiendo a nuestras caras de turistas.

Entonces recordamos las noticias y el suceso trágico. Levantamos la vista y había muchos medios de comunicación. Decidimos esperar. Cuando la carroza se acercó, la gente empezó a gritar. Los medios de comunicación se pusieron exigentes con el asunto de la exclusividad. La carroza venía lenta con muchas camionetas alrededor. Bajaron unos cardenales. La carroza, sin embargo, dio otra vuelta al zócalo. Tomamos unas fotos y decidimos retirarnos.



Sin embargo había otro suceso poco común: en la esquina había varias niñas vestidas de blanco con tenis converse. ¿Serán quinceañeras? -nos preguntamos. Pero no. Nada de eso. Estaban grabando un comercial. Aproveché y les tomé una foto.

Pero hay más. Atrás de ellas estaban bailando los "mesoamericanos" con incienso y bailes típicos. Muchos gritaban, con elogios a las quinceañeras guapas. Y unos teporochos se asomaban en el cuadro. Gritaban y comentaban. Se reían y parecían estar felices.

Nos fuimos, y caminamos por el centro histórico. Entonces llegamos al Edifico de Correos que es muy bonito. Pero antes compré un libro: "Idea para una historia universal en clave cosmopolita" de Kant en la librería de la Editorial UNAM.

Luego subimos al Museo Naval que es muy interesante y histórico. Posteriormente, llegamos a Bellas Artes. Entramos. Observamos una exposición. Descansamos. Pero llegó el hambre. Fuimos a Burger King y comimos unas ricas hamburguesas. Terminamos.

Había mucha gente. Mucha multiculturaliad. Mucha diversidad: una foto interesante para reflexionar. En México la gente sale everywhere. Decidimos algo mejor: ir a una librería. Fuimos a Clavería. Llegamos tarde. Entré. Había muchos libros. Me tardé 2 horas. Compré pocos libros.

Salimos. Fuimos a Polanco, a la Plaza Antara. Me puse a leer. Mi hermano compró ropa. Hacía mucho frió. Mucho aire. Ya era tarde. Mucha actividad por un día. Descansamos...

Conclusión: la ciudad de México supone una visita intensa, una diversidad de imágenes, multiculturalismo infinito e interesante, cosmopolita y posmoderno. Un cuadro de la sociedad actual: cada quien con su discurso en la pérdida de la identidad y destino común.

to be continued...



Nota: Las fotos fueron tomadas por mí.

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