La historia de la filosofía parece que se divide en dos grandes bandos, por un lado, los que pertenecen a la escuela realista y, por otro lado, los que pertenecen a la escuela idealista. Tal es la división que el cuadro de Rafael: La escuela de Atenas, proyecta esta realidad por medio de sus protagonistas: Platón figura del idealismo y Aristóteles figura del realismo. Sin embargo, no sólo han sido ellos, sino que, en el transcurso de la reflexión filosófica, esta división no se ha podido superar sino prolongar. Muchos han sido los autores que se han afiliado a tales corrientes, convirtiéndose incluso en paradigmas de las mismas.
Por un lado, los realistas dicen que lo más natural es considerar a las cosas como independientes de la mente, como algo que no se produce sino que está allí; de alguna u otra manera, asumen la realidad. Los idealistas, por el contario, tratan de ir a la realidad sin asumirla, van con más cuidado y no la suponen ingenuamente; además de que la actividad del sujeto es considerada como la más importante. Sin embargo tales consideraciones tienen sus consecuencias. Para los realistas –como diría Ortega y Gasset– el mundo es para afuera, mientras que para los idealistas el mundo es para adentro; y esto afecta no sólo al conocimiento sino a la forma de ver la realidad, y por tanto, a las acciones y actitudes humanas.
Si bien se puede decir que los dos corrientes han traído grandes descubrimientos y, por lo tanto, las dos tienen algo de verdad, Ortega y Gasset propone una superación de las mismas. El tema de nuestro tiempo –para el filósofo español– consistirá en la superación del idealismo y realismo. Si bien el realismo en términos generales trajo consecuencias positivas al enfrentarnos con el mundo e ir hacia afuera, también olvidó enfatizar con mucho mayor fuerza la subjetividad humana y sus procesos internos, mientras que el idealismo moderno tuvo de positivo la enfatización en la intimidad del hombre, pero desgraciadamente encerró al hombre en sí mismo, sustituyendo la realidad por una representación y contenido de la conciencia.
En este sentido el objetivo de este ensayo es dar cuenta de la postura realista e idealista y las actitudes y consecuencias que de ello se derivan, tanto del mundo antiguo como del mundo moderno, para posteriormente descubrir las verdaderas relaciones que existen entre el hombre y el mundo de acuerdo a la teoría de Ortega y Gasset, analizando si de ello resulta una mejor actitud del hombre frente al mundo.
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La filosofía desde el principio trató siempre de buscar el conocimiento del universo en cuanto tal, una tarea que parece suicida y que supone la heroicidad de aquellos que se atrevan a emprenderla –de acuerdo al filósofo español. Tales héroes del conocimiento son conocidos como filósofos, aquellos hombres que no se satisfacen con una mirada parcial de los objetos sino que van más allá de las apariencias. “A las demás ciencias les es dado su objeto, pero la característica de la filosofía es que su objeto no puede ser dado, sino que es lo buscado, el perenemente buscado. La filosofía nunca tendrá este paso tranquilo, la filosofía es puro heoroísmo teorético.[1]” De ahí que la filosofía no ofrezca dogmas sino teorías, teorías que pueden ser cambiadas durante el transcurso de la historia. La filosofía no se cansa de buscar porque en su esencia está la inquietud: el ejercicio que no se basta con una respuesta sino que siempre se cuestiona todo, incluso sus mismas certezas; todo en búsqueda de una profundización de la verdad. En este orden de ideas, la teoría del conocimiento es una de las ramas básicas de la filosofía, una de las tantas cosas decisivas en su andar. Ésta busca la manera en que el hombre tiene conocimiento de la realidad, con las cosas que le rodean. El proceso, pues, que supone el diálogo entre el sujeto y el objeto hacia el desvelamiento de la verdad. En la historia de la filosofía el realismo, el idealismo, el empirismo, el racionalismo, entre otros, han sido corrientes importantes de la teoría del conocimiento. Entre las más importantes quizá estén el idealismo y el realismo.
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El pensamiento realista, por su parte, maneja la independencia de los objetos que los considera como extramentales. El hombre –lo menciona el realismo– está en contacto con la realidad; sabe por sentido común que las cosas que él ve son diferentes a su conciencia, descubre que él no las ha creado sino que están fuera de él. El sujeto para conocer la verdad tiene que volcarse sobre el mundo, sobre los objetos. “El vocablo realismo forma familia con las palabras «real» y «realidad» y, como éstas, procede del latín res (cosa). Se designan con él las actitudes que, en distintos planos de la vida humana, subrayan el valor de las cosas por sí mismas, la primacía de lo real, entendiendo por tal lo en-sí, con anterioridad y al margen de la relación -cognoscitiva y operativa del hombre con las cosas. En el ámbito del conocimiento, el realismo consiste en la afirmación de una realidad que existe en sí y que no es, por tanto, simple proyección del sujeto cognoscente. Se trata de actitudes y afirmaciones que son naturales y espontáneas en el espíritu humano.[2]” Esto es lo que en general se puede considerar del realismo, por lo que su actitud ante la vida sería una consonancia con la realidad, sería un ser para otro. Las cosas no dependen del pensamiento del hombre. Para Ortega y Gasset lo más natural del hombre es que éste considere la realidad como algo espontáneo y directo. Esto es lo que provoca que el sujeto esté más inclinado a la realidad que a sus consideraciones mentales. Lo que tendría de defecto, sin embargo, es que éste olvida acentuar mucho más la intimidad y conciencia del sujeto, pues de alguna u otra manera asume el mundo de forma ingenua e incluso se podría decir “acrítica”.
El pensamiento idealista moderno, por el contrario, partió de la duda con René Descartes, un escepticismo que cambió el rumbo de la filosofía para siempre en busca de la primera verdad indubitable. “El pienso, luego existo” fue la primera verdad de la que no se pudo dudar y que cambió la forma de ver las cosas. En base a esto, la realidad y los objetos dejaron de ser protagonistas para cederle su puesto al sujeto puesto que: “el pensamiento es la única cosa del universo cuya existencia no se puede negar, porque negar es pensar.”[3] Este primado del sujeto pasó a ser primado de la conciencia, en el darse cuenta de los fenómenos que acontecen en el espíritu. La realidad dejó de fijarse en lo de afuera para fijarse en lo de adentro. Lo que no quiere decir que esto sea malo. Por el contrario se enfatizó en un aspecto importante de la realidad: el hombre. El problema fue que se absolutizó tal realidad y, como se sabe, todo extremo es peligroso. Este pensamiento cartesiano, pues, dejó de lado realidad y todo pasó a ser contenido de la conciencia. El idealismo –diría Ortega y Gasset– fue algo totalmente diferente a la actitud normal del hombre frente a la realidad. “Desde Descartes, en efecto, la filosofía, al dar ya el primer paso, se dirige en dirección opuesta a nuestros hábitos mentales, camina al redropelo de la vida corriente y se aparta de ella con movimiento uniforme acelerado, hasta el punto de que en Lebniz, en Kant, en Fichte o en Hegel llega a ser la filosofía el mundo visto al revés, una magnífica doctrina antinatural que no puede entenderse sin previa iniciación, doctrina de iniciados, sabiduría secreta, esoterismo. El pensamiento se ha tragado el mundo: las cosas se han vuelto meras ideas.[4]”
Esta antinaturalismo que menciona Ortega y Gasset del idealismo en verdad transformó la manera de ver el mundo, la postura del hombre frente al cosmos. “En la época precartesiana, la filosofía, y por tanto, el “cogito”, o más bien “cognosco”, estaba subornidano al “esse”, que era considerado primordial. A Descartes, en cambio, el “esse” le pareció secundario, mientras que lo principal era el “cogito”. De este modo, no solamente se producía un cambio de rumbo en el modo de filosofar sino también un abandono decisivo de lo que había sido la filosofía hasta entonces y, particularmente, para Santo Tomás de Aquino: la filosofía del “esse”. Antes todo se interpretaba desde el prisma del “esse” y desde esta perspectiva se buscaba una explicación a todo.[5]” Este cambio del “esse” al “cogito” fue un cambio de la “metafísica del ser” a una “metafísica del pensamiento”, uno de los grandes cambios que se dio con el idealismo moderno.
Este idealismo alcanzó un punto claro en Kant pero sobre todo en Hegel. No obstante en Kant hay una figura muy clarificadora al respecto. Se dice que Kant trajo consigo la “revolución copernicana” de la filosofía. En este sentido es menester recordar la teoría heliocéntrica de Nicolás Copérnico la cual menciona que ya no es el sol el que gira alrededor de la tierra sino la tierra la que gira alrededor del sol. En el caso de Emmanuel Kant el sujeto ya no gira alrededor de los objetos (como en el realismo) sino que, por el contrario, los objetos giran alrededor del sujeto. Esta analogía permite conocer hasta qué punto llegó la primacía del sujeto en la modernidad. Claramente lo dice Ortega y Gasset: el mundo antiguo es un ser para otro mientras que el mundo moderno es ser para sí.
Este postulado del conocimiento también se trasladó, desde luego, a una actitud ante la realidad. El idealismo no sólo fue una manera de conocer el mundo o un nuevo descubrimiento en la teoría del conocimiento. En esta línea Descartes –de acuerdo al filósofo español– cortó lo que unía al hombre con el mundo, la realidad; la mente quedó como reclusión y apertura. “Por tanto, que al encontrar el verdadero ser de nuestro yo nos encontramos con que nos hemos quedados solos en el universo, que cada yo es, en su esencia misma, soledad, radical soledad.[6]” Lo que recuerda un poema de Antonio Machado y que se deriva de colocar al sujeto como un ser encerrado sobre sí: “Lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana. Identidad: realidad, como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja caer los dientes. Abel Martín, con fe poética, no menos humana que la fe racional, creía en lo otro, en “La esencial heterogeneidad del ser”, como si dijéramos en la incurable otredad que padece lo uno. El encerramiento que provocó el idealismo, quizá de manera consciente o inconsciente, traicionó la naturaleza del hombre pero también la naturaleza del mundo; se hicieron transformaciones de las que ahora se pueden ver las consecuencias porque –como se dice actualmente– se está viviendo una transformación de época.
En efecto la modernidad a través del pensamiento cartesiano puso mucho énfasis en el sujeto, en la conciencia personalidad, sin embargo todo ello trajo consigo aspectos negativos. El sujeto se unió al concepto genio y al poder ilimitado, a la búsqueda de la aventura y la gloria. El hombre se convirtió en cuasi dios. Cambió la estructura totalmente de la realidad. El contacto del hombre con la naturaleza pasó de un proceso inmediato –como en el hombre antiguo– a un proceso mediato con el hombre moderno, en donde la aparición de la maquina, la electrónica, la automación terminó por perder al hombre en su propio encerramiento. Pasó de un individualismo a un aislamiento. El solipsismo fue una consecuencia inevitable. El bienestar más alto, el dominio de la naturaleza no benefició a la realidad sino que, por el contrario, todo el optimismo del progreso moderno provocó que el hombre se diera cuenta de que la misma modernidad se había engañado. La tiranía de la técnica y el abuso del poder fue algo que no se utilizó de manera adecuada y las consecuencias fueron evidentes. Precisamente esto es de lo que habla Romano Guardini en uno de sus famosos textos[7].“Para la Edad Moderna el paradigma del hombre ya no es la semejanza con Dios y el modelo de obediencia con Cristo, sino la gran personalidad, la originalidad que descansa en sí misma y que se presenta como forma humana que se desarrolla por su propia capacidad e iniciativa. El sujeto es, por tanto, algo que se justifica a sí mismo (como la Naturaleza) y debe de ser comprendido desde ese núcleo interno que es la subjetividad, el genio.[8]”
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En base a lo anterior se podría ver cómo, tanto el idealismo como el realismo, han afectado las diferentes actitudes que el hombre tiene hacia sí mismo y hacia el mundo. Pensar en cómo conoce el hombre y establecer una teoría al respecto tiene efectos sobre las demás esferas de la filosofía que, desde luego, rebasan las academias de los filósofos. También está sin discutir que todo extremo no revela la verdad. La verdad hay que conquistarla y de antemano se sabe que no es una labor fácil. La verdad es una mujer –como diría Friedrich Nietzsche. Ortega y Gasset menciona al respecto que el “tema de nuestro tiempo” por lo tanto no sería rechazar ninguna de las dos. Eso sería lo más absurdo y en general no habría ningún avance al respecto. Lo mejor sería conocer de una manera adecuada a las dos, entendiendo lo que ofrecen al mundo del conocimiento para así elaborar teorías que las consideren, pero que al mismo tiempo las superen. El idealismo, por su parte, encerró al hombre en sí mismo y ahora hay que ir más allá de ese “yo aislado” porque “el idealismo ha estado a punto de cegar las fuentes de las energías vitales, de aflojar totalmente los resortes del vivir.[9]” El idealismo ha sido –como también lo menciona el filósofo español– una desvitalización de la vida, una “representación” y no la “res”. No obstante también el mundo realista ha fallado no dándole más protagonismo al sujeto y volcándose sólo sobre los objetos de una manera ingenua. “El tema de nuestro tiempo” sería entonces que el sujeto vaya hacia el mundo, como lo indican los realistas, pero que al mismo tiempo, conserve el importante énfasis sobre sí mismo que promulgó la modernidad: la conciencia o la intimidad. “Superar el idealismo es la gran tarea intelectual, la alta misión histórica, el tema de nuestro tiempo.[10]” En todo caso se trata de ver de diferente forma al mundo: ya no el ser de las cosas como pensaron los antiguos, tampoco el ser del sí mismo que consideraron los modernos, sino ver la vida que es lo que propone Ortega y Gasset.
Ciertamente hablar del ser o de la metafísica es una cuestión radical. Implica todo un sistema, pues dependiendo de la concepción del ser que se tenga es en la misma medida en que va afectar las demás dimensiones que derivan de su estudio, como la teoría del conocimiento o la ética, entre otras. Por eso hablar de ella no es fácil y habrá que hacer su estudio con el sumo cuidado y respeto. En este sentido Ortega y Gasset está convencido que los errores tanto del realismo como del idealismo están basados en una concepción equivocada de la metafísica. La concepción del ser antigua tuvo como característica principal considerar al ser de forma independiente como substancia, estático, como algo que se bastaba a sí mismo: el objeto. Mientras que la filosofía moderna –heredera de la misma tradición– asumió tal metafísica concibiendo al sujeto como lo en sí mismo. “Se trata, pues, nada menos, de invalidar el sentido tradicional del concepto “ser”, y como es éste la raíz misma de la filosofía, una reforma de la idea de ser significa una reforma radical de la filosofía.[11]”
Se sabe que desde siempre el sujeto y el objeto han sido parte importante del conocimiento. Sin embargo se le ha dado más prioridad a uno que otro a lo largo de la historia, se ha jerarquizado y quizá ahí esté el error metafísico. El conocimiento no puede existir sin ninguno de los dos. Por su parte, los realistas defenderían el ser de las cosas y los idealistas defenderían el ser en sí mismo del sujeto, siendo así una historia de nunca acabar. Pero si bien es cierto que el idealismo tuvo razón al presentar el aspecto importante de la conciencia y todo lo que éste implica; no obstante es falso –como lo muestran algunos idealistas posteriores– que toda la realidad esté dentro del sujeto, con todas las cualidades que sólo podrían estar fuera del mismo como dirían los realistas. En razón de lo anterior, Ortega y Gasset menciona: “El mundo exterior no existe sin mi pensarlo, pero el mundo exterior no es mi pensamiento, yo no soy teatro ni mundo –soy frente a este teatro, soy con el mundo–, somos el mundo y yo.[12]” Entonces no sólo los realistas ni los idealistas tienen razón al manejar sus conceptos, sino que hay que manejar una suerte de justo medio, quizá una analogía porque para Ortega y Gasset el dato radical del universo no es “simplemente el pensamiento existe o yo pensante existo –sino que, si existe el pensamiento, existen, ipso facto, yo que pienso y el mundo en que pienso– y existe el uno con el otro, sin posible separación. Hay un yo o subjetividad y su mundo. No hay el uno sin el otro. El dato radical e insofisticable no es mi existencia, no es yo existo, sino que es mi coexistencia con el mundo.[13]” Esto es “el tema de nuestro tiempo”, el intento de superar tales concepciones para llegar quizá a una tesis más adecuada que ayude a solucionar todas las consecuencias que trajo consigo la modernidad y que es parte de todo un proceso histórico.
El intento de Ortega es transformar la visión que el hombre tiene de la metafísica estática para cambiarla por una de correlación. Ni el sujeto ni el mundo son substanciales sino ambos, por eso menciona que toda superación es conservación, en el sentido de que su postura todavía tiene el idealismo y el realismo pero superados. De esta visión surge una categoría que es importante para Ortega la cual es la vida, el vivir de cada cual, porque si para los antiguos –como él mismo sigue diciendo– el ser significa cosa, o para los modernos el ser significa intimidad, para él ser significa vivir. En el vivir es donde el hombre se da cuenta de esta correlación que existe entre el sujeto y el objeto. “De lo que me doy cuenta es de que existen dos cosas distintas, aunque unidas la una a la otra: yo que veo la estrella y la estrella que es vista por mí. Ella necesita de mí, pero yo necesito también de ella. La verdad radical es la coexistencia de mí con el mundo. Existir es primordialmente coexistir –es ver algo que no soy yo, amar yo a otro ser, sufrir yo de las cosas.[14]”
El ser en Ortega y Gasset es un ser indigente no suficiente ni basto de sí mismo, porque “ser es necesitar de lo otro”. Pero no una coexistencia paralizada sino una correlación continua que se revela en el vivir de la realidad y del diálogo con ella. Pero ¿qué es la vida? La vida no es una cuestión de academia sino que es el hombre, lo que éste hace y vive. “Resulta, pues, que la primera vista que tomamos sobre la vida en esta pesquisa de su esencia pura que emprendemos es el conjunto de actos y sucesos que la van, por decirlo así, amueblando.[15]” Para Ortega primero es el vivir y luego el filosofar, vivir entiendo lo que hacemos: “encontrarse a sí mismo en el mundo y ocupado con las cosas y seres del mundo (…) vivir es encontrarse en un mundo[16]”. “Todo vivir es ocuparse con lo otro que no es uno mismo, todo convivir es con una circunstancia[17]” La vida es este sujeto y este objeto, vivirlos, sufrirlos, amarlos. La vida le llega al hombre y él la asume como tarea. Entonces la vida se convierte en problema. “Por lo mismo que es en todo instante un problema, grande o pequeño, que hemos de resolver sin que quepa transferir la solución a otro ser, quiere decirse que no es nunca un problema resuelto, sino que, en todo instante, nos sentimos como forzados a elegir entre varias posibilidades.[18]” El hombre –como diría el existencialismo de Heidegger– es un ser arrojado a la existencia que tiene que enfrentarla con su libertad; vivir, ser en el mundo, entrar en la angustia de la existencia y de su propio ser frente al vasto universo que se le abre. El hombre se autodetermina y se elige a sí mismo, todo en su vida, en su cotidiano vivir. “La vida pesa porque consiste en un llevarse y soportarse y conducirse a sí mismo.[19]” Este peso es lo que constituye parte importante de la vida humana, de la experiencia del vivir que en Ortega es considerado como lo más decisivo. Esta existencia que se vive además carga con el compromiso de la propia vida y de los demás, compromiso que pone al hombre frente a la cuestión temporal, en el presente y el pasado pero sobre todo el futuro. El hombre es un ser en proyecto, que decide continuamente lo que va a hacer. “No es el presente o el pasado lo primero que vivimos, no; la vida es una actividad que se ejecuta hacia adelante y el presente o el pasado se descubre después, en relación con ese futuro. La vida es futurización, es lo que aun no es.[20]” Lo que lleva a hablar sobre lo que Ortega define como preocupación (que va mucho más allá de lo psicológico): “vida es preocupación y lo es no sólo en los momentos difíciles sino que lo es siempre y en esencia no es más que eso: preocuparse. En cada instante tenemos que decidir lo que vamos hacer en el siguiente, lo que ocupa nuestra vida. Es, pues, ocuparse por anticipado, es preocuparse.[21]”Porque hacer lo que todo el mundo hace es despreocuparse.
Precisamente de estas categorías de vivir es lo que propone Ortega y Gasset como la solución a las divisiones que hay entre el realismo y el idealismo; y a las diferentes actitudes que resultaron de ambas corrientes. No más el ser estático o substancial sino el actuante. “La vida no es un misterio sino todo lo contrario: es lo patente, lo más patente que existe –y de puro serlo, y de puro ser transparente nos cuesta trabajo reparar en ella. La mirada se nos va más allá hacia sabidurías problemáticas y es un esfuerzo detenerla sobre estas inmediatas evidencias.” (…) El mundo es lo vivido como tal. No la naturaleza, o el cosmos de los antiguos como una realidad subsistente.[22]”
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Finalmente se puede decir que en este trabajo se vieron dos maneras en las que hombre conoce la realidad y que suponen una metafísica y una visión del hombre ante la misma que, sin embargo, fueron insuficientes para la mirada de Ortega y Gasset. Por un lado, el realismo está más abierto al mundo, pero no tanto a los fenómenos que la modernidad descubrió sobre la intimidad del hombre. Por otro lado, llegó el idealismo con una actitud más desconfiada sobre la realidad en la que Descartes descubrió la primacía del sujeto sobre el mundo a través de la duda. Esto llevó a futuras consecuencias, llegándose a decir incluso que la realidad no era más que mera representación. La verdadera substancia se encontraría en el sujeto. Ante esta perspectiva Ortega y Gasset valoró cada una de las posiciones, sin embargo no las encontró totalmente adecuadas. De ahí que en una suerte de malabarismo filosófico, intentó hacer un cambio radical de la filosofía, transformando la estructura del “ser estático” por una de “correlación”, en donde el sujeto y el objeto serían la substancia. No el uno ni el otro sino ambos. Este merito de Ortega se debe a su inclinación por la vida, la cual sería la categoría metafísica más importante, como el dato radical del universo, en el que no bastan las categorías abstractas de los “metafísicos de academia”, sino una orientación de los “metafísicos de la vida” en la que el sujeto ya no es un “yo aislado” sino dispuesto al mundo: disfrutándolo, amándolo y sufriéndolo; sin olvidar, claro está, la intimidad que heredó del pensamiento moderno. Por ello es que el tema de “nuestro tiempo” para Ortega y Gasset sería superar aquellas corrientes, valorando lo que éstas tuvieron de positivo.
Por tanto esta crisis de la que habla el título de este ensayo es una crisis que busca superar el realismo y el idealismo filosófico para descubrir nuevas opciones, nuevas maneras de ver las cosas, sin traicionar al hombre sino tratando de buscar un mejor mundo que habitar, de ahí que la teoría que propone Ortega ayude a ver de mejor forma la realidad, no encerrándonos ni olvidándonos de nuestro yo sino viviendo porque “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo.”
[1] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.34
[2] ¿Qué es el realismo? URL: http://www.mercaba.org/Rialp/R/realismo_i_filosofia.htm
[3] Ibid. P.85
[4] Ibid. P.89
[5] Juan Pablo II. Memoria e identidad. Ed. Planeta. México, DF. P.20-21
[6] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.92
[7] El ocaso de la era moderna. Un intento de orientación. Ed. Cristiandad. España.
[8] Aguilar Víquez, Fidencio. Mística y política. La necesidad de un nuevo humanismo fincado en una actitud ética y estética. Ed. UPAEP y EDAMEX. México. P.51
[9] Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Ed. Porrúa. México. P.106
[10] Ibid. P.107
[11] Ibid. P.109
[12] Ibid. P.116
[13] Ibidem.
[14] Ibid. P.122
[15] Ibid. P.127
[16] Ibid. P.128
[17] Ibid. P.129
[18] Ibid. P.130
[19] Ibid. P.131
[20] Ibid. P.132
[21]Ibid. P.147
[22] Ibid. P.136







Ay, mísero de mí! ¡Ay, infelice!
Mientras que el viajero es alguien que busca un país a partir muchas veces incluso de toda una serie de ilusiones y sueños previos, busca este país, lo quiere explicar, quiere ir más allá de la superficie, quiere entrar en el matiz y detalle, en las capas del subsuelo. Sabe que tiene que ir penetrando con lentitud, como si fuera sedimentación, en lo que es el conocimiento de ese país. La actitud de lo que podríamos llamar el turista masivo o lumpen turista es el del aprovechamiento rápido del lugar, el de la depredación, coleccionismo fácil y superficial del lugar. En ese sentido creo que hay dos actitudes mentales y espirituales claramente distintas, pero que al manifestarse en nuestra época lo hacen también como un choque en el cual la primera figura, la del viajero, cada vez parece más cercada, rodeada, asfixiada por la segunda figura, que es la del depredador: es un poco la contraposición entre el explorador y el depredador. Eso, a mi modo de ver, no es solo algo que atañe al viaje o al turismo sino que atañe a toda la conducta social de nuestra época en la cual parece continuamente que haya una invitación a esa posesión utilitaria de las cosas, y esta depredación en detrimento de lo que sería la exploración, tanto en el viaje físico como en lo que podríamos denominar viaje interior. Parece que se opta por esa especie de utilización inmediata al modo de rapiña de las cosas. Rafael Argullol.
Estaba de curioso, matando el tiempo e inspeccionando el lugar. De momento, vi el elevador y se me ocurrió subir hasta lo más alto para ver la panorámica. El último piso era el cuarto, así que no iba a ser una gran vista, pero de todos modos subí. Llegué al cuarto piso. Se abrió la puerta y estaba un cuarto oscuro, muy pequeño. Me dio curiosidad y entré, cuando de momento las puertas se cerraron. Todo quedó oscuro, tremendamente oscuro. Me dio miedo. Pero pensé: sólo tengo que apretar el botón y el elevador abrirá de nuevo sus puertas. Entonces, al buscar el botón con la luz de mi celular, me llevé la sorpresa de que el botón no funcionaba. Lo apretaba y lo apretaba y no había ninguna respuesta ¡Estaba encerrado en un cuarto oscuro muy pequeño!
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
Un tercer momento fue el marxismo que se originó como una respuesta ante el individualismo y el capitalismo. Karl Marx –que era un gran sociólogo– decía que la solución a los problemas sociales era el enfrentamiento contra el opresor a través de la lucha de clases. Esta lucha de clases llevaría –de acuerdo a la filosofía marxista– al paraíso comunista o al comunismo, que se veía incluso como una mística o religión. Esto no suponía, sin embargo, que el marxismo fuera malo “a priori” sino que, por el contrario, tenía una enorme importancia para la sociedad. En efecto, el éxito del marxismo se entiende, precisamente, porque intentó hacer más justo al mundo en la situación decadente en la que se encontraba. “La fuerza de este movimiento dependió mucho de su gran eficacia y capacidad operativa”